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El título, en sí, no necesita de una gran alocución. Es una idea que ha cautivado mi mente desde hace varios días. Quizás otros autores lo han desarrollado con mucha anterioridad, pero yo lo he encontrado en una entrevista realizada al pensador francés Michel Foucault, titulada “Acerca de la genealogía de la ética”, que formaba parte de una obra llamada “La Inquietud por la verdad”. En ella, Foucault, con la agudeza de ingenio que lo caracteriza, discurre de forma notable y novedosa sobre la moral sexual y estética de los griegos. Pero hoy no nos detendremos a analizar las profundas e interesantes consideraciones de Foucault sobre la historia de la sexualidad, sino que simplemente pensaremos en la idea que engloba el título de este artículo.

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(Las rosas de Heliogábalo, de Alma Tadema)

 

Para ello, echemos un vistazo a lo que dice Foucault:

Lo que me sorprende es el hecho de que en nuestra sociedad el arte se ha convertido en algo que solo está en relación con los objetos y no con los individuos o la vida; y también que el arte es un dominio especializado hechos por expertos que son artistas. Pero ¿No podría la vida de cualquier individuo ser una obra de arte? ¿Por qué una lámpara o una casa son objetos de arte, y no nuestra vida?

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(Un romano amante del arte, de Alma Tadema)

 

Hemos separado el arte de nuestro ser. El artista que crea arte, se encuentra elaborando, a fuerza de mucho talento, habilidad e inspiración, un objeto que persigue muchas veces un modelo de belleza en consonancia con la naturaleza. Dichos objetos tienen como consecuencia embelesar los sentidos de los espectadores. El artista, al labrarse un suelo prometedor, va forjando un estilo que luego su impronta única e irrepetible.

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(Escultores en la Antigua Roma, de Alma Tadema)

 

Sería menester hacernos la siguiente pregunta: ¿Podríamos hacer de nuestra vida una obra de arte? En caso de responder afirmativamente, nos viene la siguiente pregunta: ¿En qué consistiría una vida desarrollada de forma artística?

Para eso debemos ir muy atrás en el tiempo, en una época donde las ideas del Bien y de lo Bello se encontraban fuertemente amalgamadas. La belleza, con respecto a una persona, se encontraba no solo en los atributos que la naturaleza le había otorgado, sino en el dominio de sí mismo, llevando una vida bella y dejando en los otros el recuerdo de una existencia memorable.

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(Poeta favorito, de Alma Tadema)

 

¿Tiene sentido para nosotros el dominio de sí mismo? Quizás no, pero sí lo tenía para aquella visión en donde el alma era el jinete y el cuerpo representaba al caballo; Un cuerpo, que sobre todas las cosas, reclamando apetitos fogosos y con miedo a la muerte, nos extraviaba de los senderos sobre los que se había proyectado la luz de nuestra razón. El que buscaba una vida bella y memorable, por ende, debía controlar al corcel que montaba. Para nosotros, tan acostumbrados a “dejar libre a la bestia”, esta visión nos resulta incómoda, rígida y encorsetada. Y la razón es que siempre buscamos aquello que conlleve el menor esfuerzo, y huimos de todo lo que implique disciplina, entrenamiento y ascetismo.

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(Fidias mostrando el fresco del Partenón a sus amigos, de Alma Tadema)

 

Para los griegos, según Foucault, “su gran tema, era construir una suerte de moral que fuera una estética de la existencia”. Sus más grandes preocupaciones no eran saber lo que sucede después de la muerte, o si los dioses intervienen o no, sino cómo hacer de nuestra vida algo bello que valga la pena vivir.

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(Mujeres de Anfisa, de Alma Tadema)

 

¿Es posible que impere esta visión en la actualidad? Por supuesto que sí. Vivimos en una época vacía que carece de grandes metas espirituales. La búsqueda de belleza para nuestras vidas bien podría ocupar este espacio vacío.

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(Primavera en los jardines de la Villa Borghese, de Alma Tadema)

 

¿Qué podríamos hacer para dar más belleza a nuestras vidas? Yo solo diré algunas ideas propias: Huir de la monotonía, buscar aventuras, “vivir peligrosamente”, ennoblecer nuestra actitud, pulir nuestro temple cual escultura, dejar de contaminar nuestro cuerpo y nuestra mente… Pero serás tú, amable lector femenino o masculino, quien deberá diseñar los nuevos prismas con las cuales observará la realidad de una manera diferente.

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(Una costumbre favorita, de Alma Tadema)

 

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