La Espiritualidad y el Dinero

No. No van de la mano. Digan lo que digan los amantes del chamullo. Puede que esto suene duro, que suene tajante, pero basta con reflexionar un poco. Quizás venga bien un pequeño cuento:

La señora M era una humilde limpiadora que trabajaba en un lujoso laboratorio donde se hacían estudios médicos muy complejos. Ella siempre estaba muy concentrada en su trabajo y hacía oídos sordos a todo tipo de chismes. Trapeaba pisos casi todos los días para mantener a sus pequeños hijos. Pero algo más caracterizaba a la señora M: Era muy devota. En el poco tiempo libre que tenía leía la biblia y solía ir a misa los domingos.

Llamó la atención de la señora M un cliente de unos cincuenta años que se fue unas cuantas veces al laboratorio. Este señor, ciertamente, cada vez que se iba a hacerse sus estudios lo hacía con una camioneta diferente, siendo todas éstas muy lujosas.

Demás está decir que la Señora M era prácticamente invisible a los ojos de este señor. ¿Quiénes, de esos que andan en asuntos demasiado importantes, mirarían siquiera a una empleada, mucho menos saludarla? Pero la Señora M estaba acostumbrada a ello. Se podría decir que ella se mantenía indiferente. Pero en este caso algo le picó la curiosidad. Ella se consideraba muy sacrificada. Vivía con el consuelo de que el Reino de los Cielos pertenece a los pobres y humildes. Pero a veces, a veces, se quejaba de su situación. Pero este quejido era algo interno, muy profundo. Una sensación de ¿Por qué yo no y ellos sí? Podrán decir algunos que esto se trata del muy antiguo gusano de la envidia. Pero eso no importa.

¿Esta gente, verdaderamente trabaja muy duro? – Se preguntaba con ingenuidad la Señora M.

La curiosidad le picaba muy fuerte. Un día, mientras limpiaba la oficina donde estaban los ficheros, decidió ir a revisar la ficha del cliente de las camionetas lujosas  – Algo que ella nunca había hecho antes  – y buscó en la parte donde decía “profesión”. Inmediatamente le llamó la atención: “pastor”.

No pudo evitar la señora M sentir un gran torrente de indignación al enterarse de dónde provenía la fortuna de ese señor.

– Yo pensé que era algún político, empresario, ganadero o estanciero  – se decía enfadada  – O sea, por supuestamente predicar la Palabra de Dios gana todo ese dinero… ¡Qué sinvergüenza! – prosiguió.

Y acá se acaba el relato. Parece todo tan sencillo, tan simple, pero no lo es. Alguien que no vive una realidad similar a esta señora del cuento difícilmente podría comprenderla.

¿Cuál es la diferencia entre esta señora y el pastor millonario? Los dos leen la biblia. Los dos se consideran cristianos. Pero para ella la creencia es algo íntimo, personal, mientras que para el pastor es un negocio que le permite no solamente vivir, sino nadar en el lujo. Para él, no es algo personal, sino algo a lo que se dedica de lleno. Él cree estar haciendo el bien convirtiendo la Palabra de Dios es un emporio, generando una inmensa fortuna.

Pero esto no solamente se da en el ámbito particular del cristianismo, sino en toda esta cháchara de pseudo espiritualidad moderna. Hoy en día proliferan todo tipo de “ofertas” de tinte espiritual a cambio de dinero. Ha surgido toda una nueva cohorte de mercachifles que se aprovechan de los incautos “buscadores”. Y ante tanta confusión, es preciso separar la paja del trigo, es decir, discernir entre lo que es la falsa espiritualidad de la verdadera  – aunque el término “espiritualidad” lo uso con pinzas últimamente por culpa de tanto abuso.

Yo tengo mi propio criterio en esta cuestión  – podrás no estar de acuerdo o agregarle más detalles  – y te expondré, en primer lugar, lo que considero como verdadero, y lo falso ya se sabrá por inferencia:

El que posee el Oro no intenta gritarlo a los cuatro vientos, con un megáfono, a los demás, diciendo que lo posee  – podrían robarlo, quien sabe  – Por ende, lo mantiene medio oculto, y lo muestra sólo a sus seres queridos de mayor confianza, a personas que sabe que no lo traicionarían.

Buda no daba cursos de mindfullnes; Nisargadatta se dedicaba a vender cigarrillos en su tienda y no a dar talleres de meditación; Su maestro, Siddarameshwar, un ser que irradiaba iluminación por medio de la palabra, trabajaba de contador, ¡Contador! Kabir se dedicaba a teñir telas… y los ejemplos podrían ser más abundantes  – ¡Cómo olvidar lo de Jesús, que era carpintero y no sanador holístico! –

Kabir004

kabir y un discípulo

Todos ellos no necesitaban de gigantescos templos de mármoles relucientes con una acústica increíble. Les bastaba con un árbol, una plaza, un mísero lugar donde reunirse. Sócrates no necesitaba de un cargo de docente para enseñar filosofía. Todo esto es así porque lo verdadero no necesita artificios, ya que es sencillo, simple y natural.

Lo verdadero se manifiesta en ese núcleo íntimo e intransferible que todos tenemos. Ese núcleo íntimo no se mercadea, no se adquiere en las ferias. La espiritualidad es incompatible con el lucro. Tu actividad comercial es una cosa, y tu núcleo íntimo es otra. Lo que haces para vivir no importa.

Si quieres dedicarte a las flores de Bach, a ser terapeuta holístico, a escribir best sellers de autoayuda, o vivir dando cursos de meditación o consejos “espirituales” o predicando la Biblia, entonces es momento de cuestionarte: ¿Odias tu trabajo actual? ¿Lo que quieres es dinero? Si las respuestas son afirmativas, entonces, embárcate en la búsqueda del dinero, y deja en paz la espiritualidad. Intenta ser empresario, político, banquero, inversionista, eso es lo tuyo. No mientas a otros. No te aproveches de las carencias emocionales de los demás con el fin de llenar tus bolsillos.

Soportar las cargas con paciencia, eso es lo que necesitamos. Hacer lo nuestro, sin molestar a nadie. Tú puedes ser un mago, pero trabajar de carnicero, ¿Qué problema hay? Puedes ser un alquimista y trabajar de vendedor de electrodomésticos, ¿Qué problema hay? Puedes ser un misterioso chamán conocedor de los secretos de la ayahuasca, y al mismo tiempo tener un quiosco donde se vende coca cola y revistas de moda, ¿Qué problema hay? Hasta puedes ser un viajero en el tiempo que conoce los más extraordinarios secretos del Cosmos, pero te dedicas a manejar un taxi, ¿Qué problema hay? Nada. Y es que en eso hay belleza, no en esos oropeles que brillan demasiado, sino en los tesoros ocultos.

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