In Memoriam

micron

¿Al nacer llamas fortuna?
¡Ah! La cuna sólo es
un ataúd al revés
y el féretro es una cuna
Amado Nervo

Esta bitácora está de duelo. Ha partido una persona que es cara para el alma de este servidor. Pero a nadie conocí que necesitara tanto el descanso eterno. Y ahora descansa en paz.
Ya no hace falta que sigas escudriñando los secretos del cosmos, ya estás ahí.
Nunca conocí a una persona tan libre, que volase tan por encima de las convenciones sociales. Un rebelde. Un auténtico. Un Maestro del Anarquismo. Me hablabas con tanto placer y facilidad de la Suma Teológica, la física nuclear y la geopolítica mundial. Pero no, no eras un erudito que se guardaba para sí el conocimiento, ya que lo tuyo era ser más como Sócrates. La gente que te conoció de verdad te amó porque no había en tu ser una pizca de fingimiento. Bajo esa capa exterior, había un gran corazón que amaba al prójimo.
En ajedrez siempre me ganabas con tu caótica apertura polaca. Quedaron proyectos truncados. Te iba a regalar “Bestias, Hombres, Dioses” de Ossendowski esta misma semana pero te fuiste antes de tiempo. Eras mi único compañero de búsqueda del Lapis Philosophorum… ¡Bah! ¿Para qué seguir buscando? Ya estás en las aguas de Dios.
Decía un filósofo que las burbujas de mar no son más que mar. Y nosotros, en tanto que burbujas aparentemente individuales, somos todos ese inmenso océano.

Aunque muy tierra adentro nos hallemos,
nuestras almas perciben aquel mar inmortal
que aquí nos trajo un día,
y en un instante hasta allí pueden trasladarse…
Y escuchar las olas potentes meciéndose sin fin
William Wordsworth

Pero aquí seguiremos, bregando por el pan nuestro de cada día. Viviendo esta vida que parece un gran sueño.
Vos ya estás allá, amigo, reposando en la Rosa Inmarcesible.

 

Yermas llanuras

Del mundo en el desierto,
He cruzado, Señor, yermas llanuras;
Y con el labio blando seco, el paso incierto,
Y el polvo cubierto,
Por lecho sólo hallé las piedras duras

En mi viaje cansado
No besaron mi frente frescas brisas;
Soles abrasadores la han tostado;
Y en el suelo de cenizas

Mis huellas estampadas he dejado.

Estanislao del Campo

puente sobre un foso-rusiñol
Puente sobre un foso – Rusiñol

Reflexionaba la otra vez sobre los aconteceres de mi vida. Una actitud pusilánime me embargaba. Me consideraba poco afortunado. Pero, ¿En realidad es dura mi vida? Esa pregunta me la hice luego de leer estos versos.

No Señor, mi vida no es dura ni poco afortunada. Jamás ha sido árida la tierra donde he puesto un pie. He transitado sendas de rosales. Mis labios, a veces, no están secos sino rebosantes de vino. Las piedras duras aún no han sido mi lecho. Mi viaje recién comienza. Brisas y perfumes ya han besado mi frente y
El Sol acarició mi faz (Nervo)

Esta vida es un gran regalo. Somos carne y aliento. No somos una sustancia mental aprisionada en un cuerpo, una cosa abstracta desconectada de la tierra. Todas las doctrinas espirituales desencarnadas son un puro engaño.

¿Quién quiere ser una bola de luz flotante, un fantasma perfecto insufrible?
La respira la piedra, centelleante y en eterno reposo; La respira la planta, meditativa y sorbiendo la vida de la tierra, y el ardiente y salvaje animal multiforme (Novalis)

Pero no. Tenemos cuerpo. Tenemos forma. El paisaje sigue siendo verde oro. El arroyo sigue murmurando. Siempre habrá una muchacha de mejillas sonrosadas. Siempre habrá vinos y perfumes. Como decía un poeta, siempre habrá poesía.

 

 

 

El Carácter

A menudo oímos decir acerca de una persona intratable que “tiene carácter”. El carácter no tiene porqué ser una cosa fea, ¿Porqué estamos manchando esta bella palabra? voy a escribirte aquí lo que pienso sobre este tema.

El carácter es el resultado de un proceso de maduración, donde se han quemado adecuadamente las etapas. ¿Te gusta, acaso, comer un mango verde? ¡No! resulta asqueroso. La fruta que cae inmadura es una desgracia.

Un niño que se ha vuelto un adolescente antes de tiempo, o un adulto de treinta y seis años que se comporta como uno de diecinueve, son uno de tantos ejemplos de inmadurez.

Tener carácter no es ser duro. Muy al contrario.  A menudo queremos ser duros, abrazando posturas rígidas. El hombre no es una roca. Esas posturas te enceguecen y conducen al fanatismo. Te hacen perder algo muy valioso: Tu espontaneidad. Recorriendo el camino de otros nunca hallarás el tuyo. No te falta cerebro, así que puedes pensar por ti mismo.

toro sentado
Toro Sentado

La vida te dará oportunidades para que dejes en ella tu impronta. Si renuncias a los artificios, se podrá desenvolver libremente tu personalidad. No te estoy hablando de posibilidades mágicas.

La persona de carácter “sabe lo que quiere”. Este saber lo que uno quiere no es sencillo alcanzarlo. Vendrán primero adversidades e ilusiones. Las extravagancias te alejan de tu camino. Una extravagancia puede ser alguna idea exótica, algún hábito nuevo, algo que te aleja de ti y de los tuyos. Es como una droga que genera adicción. Te hace viajar y te aleja de la tierra. La tierra es lo que forma tu carácter y lo nutre. Asentando bien tus pies sobre la tierra, las inquietudes van perdiendo su fuerza. Ya no tienes esa curiosidad tonta que extravía tu mente. El hombre sin carácter es volátil. Cualquier extravagancia nueva lo arrastra. Está a merced de las sirenas de palabras melosas.

El hombre de carácter parece duro porque ninguna estupidez le hace cosquillas. Nada le seduce con promesas falsas. No comete adulterio, y por sobre todas las cosas, vive “en su esfera”.

¿Qué quiere decir esto de vivir en tu esfera? Quiere decir no mirar lejos, no desear nada fuera de tu alcance; Renunciar a la cobardía de huir, de vivir huyendo, y rechazar esas drogas peligrosas que infectan a la mente. Reconociendo tus limitaciones, el gusano de la extravagancia no prosperará en tus tierras.

La Espiritualidad y el Dinero

No. No van de la mano. Digan lo que digan los amantes del chamullo. Puede que esto suene duro, que suene tajante, pero basta con reflexionar un poco. Quizás venga bien un pequeño cuento:

La señora M era una humilde limpiadora que trabajaba en un lujoso laboratorio donde se hacían estudios médicos muy complejos. Ella siempre estaba muy concentrada en su trabajo y hacía oídos sordos a todo tipo de chismes. Trapeaba pisos casi todos los días para mantener a sus pequeños hijos. Pero algo más caracterizaba a la señora M: Era muy devota. En el poco tiempo libre que tenía leía la biblia y solía ir a misa los domingos.

Llamó la atención de la señora M un cliente de unos cincuenta años que se fue unas cuantas veces al laboratorio. Este señor, ciertamente, cada vez que se iba a hacerse sus estudios lo hacía con una camioneta diferente, siendo todas éstas muy lujosas.

Demás está decir que la Señora M era prácticamente invisible a los ojos de este señor. ¿Quiénes, de esos que andan en asuntos demasiado importantes, mirarían siquiera a una empleada, mucho menos saludarla? Pero la Señora M estaba acostumbrada a ello. Se podría decir que ella se mantenía indiferente. Pero en este caso algo le picó la curiosidad. Ella se consideraba muy sacrificada. Vivía con el consuelo de que el Reino de los Cielos pertenece a los pobres y humildes. Pero a veces, a veces, se quejaba de su situación. Pero este quejido era algo interno, muy profundo. Una sensación de ¿Por qué yo no y ellos sí? Podrán decir algunos que esto se trata del muy antiguo gusano de la envidia. Pero eso no importa.

¿Esta gente, verdaderamente trabaja muy duro? – Se preguntaba con ingenuidad la Señora M.

La curiosidad le picaba muy fuerte. Un día, mientras limpiaba la oficina donde estaban los ficheros, decidió ir a revisar la ficha del cliente de las camionetas lujosas  – Algo que ella nunca había hecho antes  – y buscó en la parte donde decía “profesión”. Inmediatamente le llamó la atención: “pastor”.

No pudo evitar la señora M sentir un gran torrente de indignación al enterarse de dónde provenía la fortuna de ese señor.

– Yo pensé que era algún político, empresario, ganadero o estanciero  – se decía enfadada  – O sea, por supuestamente predicar la Palabra de Dios gana todo ese dinero… ¡Qué sinvergüenza! – prosiguió.

Y acá se acaba el relato. Parece todo tan sencillo, tan simple, pero no lo es. Alguien que no vive una realidad similar a esta señora del cuento difícilmente podría comprenderla.

¿Cuál es la diferencia entre esta señora y el pastor millonario? Los dos leen la biblia. Los dos se consideran cristianos. Pero para ella la creencia es algo íntimo, personal, mientras que para el pastor es un negocio que le permite no solamente vivir, sino nadar en el lujo. Para él, no es algo personal, sino algo a lo que se dedica de lleno. Él cree estar haciendo el bien convirtiendo la Palabra de Dios es un emporio, generando una inmensa fortuna.

Pero esto no solamente se da en el ámbito particular del cristianismo, sino en toda esta cháchara de pseudo espiritualidad moderna. Hoy en día proliferan todo tipo de “ofertas” de tinte espiritual a cambio de dinero. Ha surgido toda una nueva cohorte de mercachifles que se aprovechan de los incautos “buscadores”. Y ante tanta confusión, es preciso separar la paja del trigo, es decir, discernir entre lo que es la falsa espiritualidad de la verdadera  – aunque el término “espiritualidad” lo uso con pinzas últimamente por culpa de tanto abuso.

Yo tengo mi propio criterio en esta cuestión  – podrás no estar de acuerdo o agregarle más detalles  – y te expondré, en primer lugar, lo que considero como verdadero, y lo falso ya se sabrá por inferencia:

El que posee el Oro no intenta gritarlo a los cuatro vientos, con un megáfono, a los demás, diciendo que lo posee  – podrían robarlo, quien sabe  – Por ende, lo mantiene medio oculto, y lo muestra sólo a sus seres queridos de mayor confianza, a personas que sabe que no lo traicionarían.

Buda no daba cursos de mindfullnes; Nisargadatta se dedicaba a vender cigarrillos en su tienda y no a dar talleres de meditación; Su maestro, Siddarameshwar, un ser que irradiaba iluminación por medio de la palabra, trabajaba de contador, ¡Contador! Kabir se dedicaba a teñir telas… y los ejemplos podrían ser más abundantes  – ¡Cómo olvidar lo de Jesús, que era carpintero y no sanador holístico! –

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kabir y un discípulo

Todos ellos no necesitaban de gigantescos templos de mármoles relucientes con una acústica increíble. Les bastaba con un árbol, una plaza, un mísero lugar donde reunirse. Sócrates no necesitaba de un cargo de docente para enseñar filosofía. Todo esto es así porque lo verdadero no necesita artificios, ya que es sencillo, simple y natural.

Lo verdadero se manifiesta en ese núcleo íntimo e intransferible que todos tenemos. Ese núcleo íntimo no se mercadea, no se adquiere en las ferias. La espiritualidad es incompatible con el lucro. Tu actividad comercial es una cosa, y tu núcleo íntimo es otra. Lo que haces para vivir no importa.

Si quieres dedicarte a las flores de Bach, a ser terapeuta holístico, a escribir best sellers de autoayuda, o vivir dando cursos de meditación o consejos “espirituales” o predicando la Biblia, entonces es momento de cuestionarte: ¿Odias tu trabajo actual? ¿Lo que quieres es dinero? Si las respuestas son afirmativas, entonces, embárcate en la búsqueda del dinero, y deja en paz la espiritualidad. Intenta ser empresario, político, banquero, inversionista, eso es lo tuyo. No mientas a otros. No te aproveches de las carencias emocionales de los demás con el fin de llenar tus bolsillos.

Soportar las cargas con paciencia, eso es lo que necesitamos. Hacer lo nuestro, sin molestar a nadie. Tú puedes ser un mago, pero trabajar de carnicero, ¿Qué problema hay? Puedes ser un alquimista y trabajar de vendedor de electrodomésticos, ¿Qué problema hay? Puedes ser un misterioso chamán conocedor de los secretos de la ayahuasca, y al mismo tiempo tener un quiosco donde se vende coca cola y revistas de moda, ¿Qué problema hay? Hasta puedes ser un viajero en el tiempo que conoce los más extraordinarios secretos del Cosmos, pero te dedicas a manejar un taxi, ¿Qué problema hay? Nada. Y es que en eso hay belleza, no en esos oropeles que brillan demasiado, sino en los tesoros ocultos.

La tarde misteriosa

atardecer en el bosque - shiskin
Atardecer – Shiskin

GLOSA – AMADO NERVO

Estoy triste y sereno ante el paisaje
y desasido estoy de toda cosa.
Ven, ya podemos emprender el viaje
a través de la tarde misteriosa.

Lleno parto de amores y de olvido:
Olvido inmenso para todo ultraje
y amor inmenso a los que me han querido.
El mar finge un titan de azur, dormido…
Estoy triste y sereno ante el paisaje.

Trabajé, padecí, fui peregrino
resignado; en mi ruta borrascosa
vi los bienes y males del destino
como se ven las flores del camino,
y desasido estoy de toda cosa…

¡Oh, mi Señor!, tu juicio no me asusta:
ni llevo honores ni riquezas traje,
y fue mi vida de pasión adusta.
Cuán serena la tarde y cuán augusta…
¡Ven, ya podemos emprender el viaje!

Los astros, que nos miran de hito en hito,
parecen, con pestaña luminosa,
invitarnos al viaje que está escrito:
ese viaje sereno al infinito,
a través de la tarde misteriosa.

 

Las tardes tienen ese encanto. Parece que algo de nuestra vida se va en ellos. A veces, nos quitan un suspiro.

¿Estás preparado para el viaje? Ese viaje a través de la tarde misteriosa…

Saldar las cuentas, hacer una purga interior, poner en orden la casa, etc. Y sobre todas las cosas, desasirse, como bien decía el poeta.

Amar y olvidar. La muerte vista como una dulce olvidanza. Un amor que no es apego, sino una sensación leve de tristeza y serenidad (“triste y sereno ante el paisaje”). Una sensación de que la tarde se acerca y que vamos a extrañar todo esto, abandonando este capullo y abrazando la fuente maternal.

¿Y dónde fue a parar todo el sufrimiento humano? Aquellos que padecieron las pestes, las guerras, las enfermedades incurables y el ultraje del otro… pues, burbujas en el arroyo, como bien decía el Sutra del Diamante. Todo desemboca en un gran silencio.

Todos somos peregrinos. Y a todos nos tocará ese viaje sereno al infinito.

¿Porqué amo el Spaghetti Western?

Si tuviera que resumirlo en una frase corta, sería ésta: Por el silencio interior que reflejan sus personajes.

Charles_Bronson

 

Sólo un ojo avezado y profundamente conocedor del espíritu humano puede ver virtud donde los otros no ven más que degradación moral. ¿Y cuál es precisamente esta virtud a la que me refiero? Es el silencio interior que mencioné más arriba. Este silencio no se conquista con los libros o con las divagaciones filosóficas. Es el silencio de la madurez, del hombre que lo perdió todo y que carece de deseos. Este hombre no necesita demostrarse nada a sí mismo. No vive para complacer a los demás. Siendo solitario, no busca llamar la atención; Pisando ligeramente, no deja ninguna huella; Por donde va, es tenido por misterioso. Ni siquiera tiene un nombre. Su mirada refleja un vacío supremo. De él pueden decirse estas mismas palabras que Castaneda dedicó a su maestro:

“El vacío de Don Juan Matus reflejaba el infinito.
No existía alboroto en él, ni aseveraciones sobre el yo.
No había una pizca de necesidad de enojos o remordimientos.
Era suyo el vacío del guerrero-viajero, avezado al punto en que no da nada por supuesto.
Un guerrero-viajero que nunca subestima o sobrestima nada.
Un luchador callado y disciplinado, cuya elegancia es tan extrema, que nadie, no importa cuánto se esfuerce por ver, encontrará la costura donde se une toda esa complejidad.”

No es carente de moral como dicen algunos críticos. Este hombre asesina, sí, pero no por placer, sino porque fue arrastrado allí por el destino. Es rudo, pero su rudeza no es vulgar sino refinada, a fuerza de esculpirse a sí mismo. Curtido por la vida y lento en el actuar, reserva toda su energía para el duelo y guarda toda su velocidad para el momento de desenfundar su pistola. Su puntería tan perfecta hasta causa risa por lo inverosímil, ¿Pero no es inverosímil toda humana obra artística de gran magnitud?

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Se contrapone a este modelo de virtud el charlatán presumido y blandengue. Atareado, no presta atención al libro de la naturaleza. Nunca se reserva ni se guarda sino que quiere darse por entero en todo momento. En lo exterior desperdicia sus balas disparando a cualquier parte. En lo interior desperdicia su energía vital cazando los fantasmas de su capricho. Es capaz de las peores monstruosidades porque no se conoce a sí mismo, y por ende, no ha domeñado a sus demonios.

Podríamos decir muchas cosas de estas películas, como por ejemplo, que las escenas se desenvuelven sin apuros, como queriendo aplicar el principio de Festina Lente. Pero nos quedamos, por el momento, con la descripción de este silencio interior que se refleja en algunos personajes.

lee van cleef

 

¿Qué uno quiere más que eso? Un café negro en una taza rústica. Un poco de whisky barato. Un sombrero que nos tape el sol pero dejando libre la cara para que nos curta en ella la vida. Un revólver hermoso de tambor bien pulido que nos proteja de los bandidos. Una sensación especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas, como decía un querido filósofo chino. Abundante soledad y escasas palabras. Nada de peroratas. Nada de querer enseñar. Nada de santurronerías o de aparentar sabiduría. Vicios moderados, y quizás, quizás, una armónica.

Eso es todo.

 

 

Sobre la Belleza del Órgano

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Órgano de St. Bavo, en Haarlem, Holanda

No sabría decir cómo se produjo este romance, entre la música de órgano, y yo. Pero lo cierto es que ya lleva unos cuantos años, ¿Quizás porque el Órgano es el más espiritual de todos los instrumentos? Esos tubos mágicos apuntan hacia arriba, hacia el cielo, transportando consigo el aliento de Dios, el Prana, el Chi o Alma del Mundo. Escuchar el órgano, con su sonido envolvente, es para mí lo más cercano a estar en el Cielo. Los que han compuesto bellamente para este instrumento, además de estar en la cúspide del Arte de Orfeo, se han convertido en Jardineros Celestes que han traído a la Tierra una pizca de los deleites del Cielo.
Auténtica musicoterapia han sido, para mí alma, en momentos de estrés y tribulación, los trío sonatas para órgano de Bach (BWV 525 al BWV 530). El Adagio (trío sonata n°1) aleja de mí todo sentimiento de irritación y nerviosismo, trayendo una plácida lluvia otoñal en mi templo interior. El Largo (trío sonata n°2) me transmite una pura inocencia y candor que son remedios contra la corrosiva ambición. El Adagio e Dolce (trío sonata n°3) con su tierna melancolía nos dice que dejemos nuestros rencores terrenales y empecemos a perdonar. Perdonar no solo al prójimo sino a nosotros mismos. Bach se convierte en esta pieza en un evangelista del Amor puro, de ese amor que redime del sufrimiento, tal como decía el místico sufí Ibn Arabi: “Es para las almas amantes el Amor quien traza la senda. Los seres existen porque son amados; si no, sumergiríanse en la nada. El Amor es la luz que despierta a la Vida”.
El Allegro (trío sonata n°1) es un gozo mirífico, azulado, un paseo un poco veloz por las delicias de la vida.
El Andante (trío sonata n°4) contiene una melodía de sabor misterioso, bastante repetitiva, que lejos de aburrir, está diseñada para hipnotizar. El Largo (trío sonata n°5) es un ejercicio de introspección, para que buceemos en lo más profundo de nosotros.
El Vivace (trío sonata n°6) anuncia que toda Oscuridad puede ser vencida por un poco de Luz. Es esa alegría que anuncia el fin de los tormentos momentáneos.
Siguiendo con el aspecto más dulce del órgano, me encuentro con una de mis piezas favoritas: “Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ” (BWV 639) que me produce un arrobamiento nostálgico del alma, e incluso, algo muy cercano al éxtasis místico. Bach quiere aquí que los cristianos pidan perdón por sus pecados. Continuando con la temática religiosa, no podemos obviar la Pastoral (BWV 590) que contiene melodías increíblemente hermosas.
Elevando un poco más la Energía del órgano, está la Canzona (BWV 588) que parece introducir al oyente en una atmósfera bastante extraña. Por su parte, la Fuga en do (BWV 575) es una pieza magistral, llena de magia y virtuosismo. Aquí el órgano nos quiere mostrar para qué está hecho: Embelesar los espíritus.
No todo es dulzura y ternura en el órgano. Entre sus innumerables facetas, está la de ser un Intermediario del poder divino, ese poder del Cosmos que organiza las galaxias, crea los planetas y hace brillar las estrellas. Se necesita un óido fuerte para escuchar este “heavy metal” del siglo XVIII sin sentirse perturbado.
La Fantasía y Fuga (BWV 542) comienza electrizando el alma, sacudiendo nuestra psique, excitando nuestras víceras. Es un fuerte purgante contra el dolor emocional. Nos hace sentir pequeños y abrumados contra lo Inmenso y Majestuoso. Pero como en el TAO, hay que aprender a fluir en este río bravo y sanador.
En el Preludio y Fuga (BWV 543) experimentamos el temor de Dios, una sensación de asombro y perplejidad ante la inmensidad que nos rodea. Aquí los pedales del órgano hacen de Hermes Psicopompo, llevando las almas hacia el abismo, hacia la “Tierra Negra” (etimología de Alquimia) donde se produce la tan ansiada transmutación, que nos recuerda a “La noche oscura del Alma” a la que hacía referencia el poeta místico San Juan de la Cruz.
El pedal del órgano nos seduce también de forma maravillosa en la “Tocata, Adagio y Fuga”, obra bastante alegre y juguetona. Si alguno se pregunta porqué apodan al órgano “instrumento rey”, que se ponga a escuchar la obra más colosal de Bach para este instrumento, la “Passacaglia y Fuga” (BWV 582) donde se despliega todo el poderío, la magia y la hermosura que es capaz de dar el órgano. Y por supuesto, la famosa “Tocata y Fuga”, de incomparable belleza, obra que fascina y que nos introduce en una atmósfera de misterio. Aún más misteriosas son las composiciones del primogénito de Bach, Wilhem Friedemann Bach, cuyas obras sí que son para ambientar alguna película de Drácula. Contemporáneo del padre de Friedemann, se encuentra otro señor del órgano, Johann Gottfried Walther, cuyas piezas delicadas y suaves son ideales para escuchar en un día gris y lluvioso. No tan suave fue Dietrich Buxtehude, el maestro de Bach, cuya composición compleja, díficil de digerir, transmite mucha melancolía. No en vano su música se menciona en “Demian” de Hermann Hesse. En Buxtehude intuyo un alma tormentosa que huía de sus demonios y buscaba desesperadamente llegar a la luz. Fue un explorador que abonó el terreno y plantó la semilla para que pueda germinar el “arbor philosophicae” de su discípulo, para gloria del instrumento rey.
Otro gran organista fue George Böhm, cuya obra transmite esa sensación de estar frente a algo muy antiguo, algo que se pierde en la noche de los tiempos.
Con Bach, caemos en la tentación de creer que se ha explorado todas las posibilidades del órgano y que nada nuevo pudo haberse creado. Pero cuando escuchamos a su gran discípulo, Johann Ludwig Krebs, nos damos cuenta que el órgano es infinito. En Krebs encontramos todo aquello que hemos dicho sobre Bach, e incluso más. Era un auténtico poeta y sabio del órgano, que supo tocar las teclas más sensibles del alma. Krebs nos da la mágica sensación de “reconocer” sus obras, ¿Pero qué es este “reconocer”? Es cuando hallamos la Verdad única en nosotros mismos, Verdad que puede tener matices en condiciones diferentes, pero que en esencia es la misma. Es la Verdad Universal. Y esta universalidad es la que nos transmite Krebs, por eso sus composiciones nos dan la fantástica impresión de haberlas escuchado con anterioridad, porque están allí, quizás, en cada uno como la Luz Divina.
No podemos analizar a Krebs pieza por pieza. Sus obras son un todo inseparable, como un Libro de Oro de órgano. A veces juega con nuestras emociones, ora nos sacude, ora nos acaricia. Nos invita, eso sí, a hacer un viaje iniciático en lo profundo de nuestro ser.
PROFUNDIDAD. MAJESTUOSIDAD. DULZURA. TRISTEZA. ALEGRÍA. PASIÓN. PODER. AMOR. LUZ. SOMBRA. TODO ESO ES EL ÓRGANO.