¿Porqué amo el Spaghetti Western?

Si tuviera que resumirlo en una frase corta, sería ésta: Por el silencio interior que reflejan sus personajes.

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Sólo un ojo avezado y profundamente conocedor del espíritu humano puede ver virtud donde los otros no ven más que degradación moral. ¿Y cuál es precisamente esta virtud a la que me refiero? Es el silencio interior que mencioné más arriba. Este silencio no se conquista con los libros o con las divagaciones filosóficas. Es el silencio de la madurez, del hombre que lo perdió todo y que carece de deseos. Este hombre no necesita demostrarse nada a sí mismo. No vive para complacer a los demás. Siendo solitario, no busca llamar la atención; Pisando ligeramente, no deja ninguna huella; Por donde va, es tenido por misterioso. Ni siquiera tiene un nombre. Su mirada refleja un vacío supremo. De él pueden decirse estas mismas palabras que Castaneda dedicó a su maestro:

“El vacío de Don Juan Matus reflejaba el infinito.
No existía alboroto en él, ni aseveraciones sobre el yo.
No había una pizca de necesidad de enojos o remordimientos.
Era suyo el vacío del guerrero-viajero, avezado al punto en que no da nada por supuesto.
Un guerrero-viajero que nunca subestima o sobrestima nada.
Un luchador callado y disciplinado, cuya elegancia es tan extrema, que nadie, no importa cuánto se esfuerce por ver, encontrará la costura donde se une toda esa complejidad.”

No es carente de moral como dicen algunos críticos. Este hombre asesina, sí, pero no por placer, sino porque fue arrastrado allí por el destino. Es rudo, pero su rudeza no es vulgar sino refinada, a fuerza de esculpirse a sí mismo. Curtido por la vida y lento en el actuar, reserva toda su energía para el duelo y guarda toda su velocidad para el momento de desenfundar su pistola. Su puntería tan perfecta hasta causa risa por lo inverosímil, ¿Pero no es inverosímil toda humana obra artística de gran magnitud?

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Se contrapone a este modelo de virtud el charlatán presumido y blandengue. Atareado, no presta atención al libro de la naturaleza. Nunca se reserva ni se guarda sino que quiere darse por entero en todo momento. En lo exterior desperdicia sus balas disparando a cualquier parte. En lo interior desperdicia su energía vital cazando los fantasmas de su capricho. Es capaz de las peores monstruosidades porque no se conoce a sí mismo, y por ende, no ha domeñado a sus demonios.

Podríamos decir muchas cosas de estas películas, como por ejemplo, que las escenas se desenvuelven sin apuros, como queriendo aplicar el principio de Festina Lente. Pero nos quedamos, por el momento, con la descripción de este silencio interior que se refleja en algunos personajes.

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¿Qué uno quiere más que eso? Un café negro en una taza rústica. Un poco de whisky barato. Un sombrero que nos tape el sol pero dejando libre la cara para que nos curta en ella la vida. Un revólver hermoso de tambor bien pulido que nos proteja de los bandidos. Una sensación especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas, como decía un querido filósofo chino. Abundante soledad y escasas palabras. Nada de peroratas. Nada de querer enseñar. Nada de santurronerías o de aparentar sabiduría. Vicios moderados, y quizás, quizás, una armónica.

Eso es todo.

 

 

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