El Espíritu del soñador

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¿Soy en verdad un soñador? Esa pregunta me la hice luego de una discusión banal con mi madre, donde ella me insistió (como de pasada, como quien sin querer queriendo te arruina un día hermoso) en que debo encaminar mi vida hacia el sendero del mundo, es decir, andando por allí buscando hacerme de un nombre, hacerme paso con una profesión, asegurar mi futuro, etc. Y recordándome cómo a fulano le ha ido bien en sus negocios, y cómo zutano ha progresado con su carrera. A lo que yo respondí (ya con impasibilidad, sin alterarme como antes) que ella ha parido un hijo poeta, un hijo soñador, y que ese hijo es plenamente consciente del destino que le espera, y que lo tome como una bendición (¡Como no recordarme de Baudelaire!) o como una maldición.

Y yo no me considero precisamente un desafortunado. La única riqueza material que poseo es una biblioteca. Y justamente allí me he ido a refugiar. Tomé un libro al azar, me puse a leer un cuento y me he encontrado con lo siguiente:

Nosotros, los solitarios, nosotros, soñadores, segregados y desheredados de la vida, que desperdiciamos nuestros días ensimismados en un apartamiento y una exclusión artística y glacial… nosotros, que esparcimos a nuestro alrededor un soplo frío de pasmo invencible, tan pronto como enseñamos en medio de seres vivientes nuestras frentes marcadas con el signo del conocimiento y la depresión… nosotros, pobres fantasmas de la existencia, con quienes los hombres tropiezan recelosos, poniéndose en guardia, y a los que se deja tan pronto como se puede, para que nuestra mirada cavernosa y sabia no siga empañando su alegría… Todos nosotros abrigamos en nuestro interior un afán secreto y consuntivo por lo inocente, lo sencillo y lo viviente, por un poco de amistad, de afecto, de confianza y de felicidad humana. La “vida” de la que hemos sido excluidos no se nos presenta a nosotros, los extravagantes, como lo extravagante, ni tampoco como una visión de grandeza sangrienta y belleza salvaje, sino que lo normal, lo decente y lo amable constituye el reino de nuestros anhelos, la vida en su seductora banalidad…

Thomas Mann — De la Estirpe de Odín

lago

Biestard – Lago

Decía que no me considero un desafortunado, puesto que me siento muy rico, de una riqueza interior que no la cambiaría por nada. Gozo del olor de la arena húmeda, del pasto y de la sombra, del aleteo caprichoso de la mariposa. Y ni siquiera me produce una pizca de orgullo tal gozo. La melancolía también se ha alejado de mí. Pienso que si Thomas Mann hubiese conocido y saboreado el Tao, sería tan feliz como Lin Yutang, su prosa hubiera sido menos pesarosa. Pero ya está. No importa. Igual le quiero mucho a Thomas Mann y sufro con él.

 

 

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