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¿Qué somos nosotros, los hombres espirituales? Nuestra labor, ciertamente, es ajena a la producción de bienes y servicios, actividades éstas que se consideran indispensables para el progreso de las sociedades, ¿Qué es nuestro laborío sino un lujo innecesario, un fútil ornamento que no reporta utilidades en absoluto? Somos poetas, pintores, músicos, maestros y místicos. Somos, en suma, esputos de una febril sociedad que nos rechaza, condenados a la pobreza y la miseria. Si los reconocimientos llegan, llegarán, como siempre, muy tarde, cuando ya no seamos más que cenizas.

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(El tañedor de laúd, de Caravaggio)

Pero no debemos huir de esta lóbrega realidad, sino aceptarla, ya que siempre fue así el destino de los grandes espíritus.

La sociedad busca domesticarnos, busca que nos amoldemos a sus requerimientos. Es una grande y brutal factoría que produce objetos que le son útiles y servibles. Aquellos que son inútiles e inservibles, desde luego, son impíamente rechazados, considerados como defectuosos. ¿Desde cuándo ha imperado esta grisácea visión de lo que es preferible o no en el hombre? Pues desde el surgimiento de la moral utilitaria, piedra filosofal del espíritu desapasionado y calculador del burgués.

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(El poeta pobre, de Carl Spitzwed)

Hoy, trescientos años después, esta cosmovisión ha dado sus frutos, moldeando la sociedad según sus hueros ideales. Recompensa, pues, según su peculiar visión de lo útil: El pedazo más grande de la torta va para la estirpe de banqueros, especuladores y políticos que la han preparado y por supuesto, se encargan de repartirla; Luego, una porción un poco más pequeña va para aquella ralea que se dedica a la imprescindible labor de entretener a las masas empobrecidas (hablamos, claro, de los actores de cine, estrellas de la música popular, futbolistas y demás deportistas exitosos, y todos aquellos agentes que lucran detrás de estas actividades); Posteriormente, tenemos una legión de empresarios, hombres de negocios, etc.; Más abajo, nos encontramos con científicos, docentes y obreros técnicos y calificados; Y por último, recibiendo nada más que las migajas y restos de la torta, se encuentran las muchedumbres de proletarios y demás personas excluidas y rechazadas. Sería interminable citar los millares de estratos de esta compleja pirámide social.

Nada más lejos nuestro “mundo productivo” del sueño sansimoniano de una nación de industriales. Al contrario, los “hijos de la industria” han pisoteado este catecismo, convirtiéndose en una nueva clase ociosa y zángana, librándose así de las labores más pesadas, reservándose los mayores placeres que esta sociedad frenética y adicta al trabajo produce.

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(El taller de la pintura, de Courbet)

¿Dónde tienen su escondrijo los poetas, soñadores, místicos y verdaderos artistas? Pues no muy lejos de los rincones de los locos, vagabundos y demás esperpentos que no son sino errores de fábrica humanos. Sin embargo, a pesar de la forma arbitraria conque cada época juzga a los hombres que produce, parece que la Historia, cual sapientísima diosa justa y piadosa, se reserva un veredicto muy distinto. Olvida la Historia a todos aquellos más “útiles” y “productivos” de cada era, aquellos que vivieron sus vidas normales cumpliendo los deberes que les fueron impuestos. En cambio, graba en perenne bronce los nombres de aquellos “inútiles”, los que no servían para productivas labores, y que dedicaron todas sus energías al servicio del espíritu. Me refiero, por supuesto a los poetas, a los filósofos, y en primer lugar, a los místicos que fundaron religiones.

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(Goethe en la campiña romana, de Tischbein)

Esta misma idea fue expresada incomparablemente por Ralph Waldo Emerson, en su obra “Hombres Representativos”. En el capítulo dedicado a Swedenborg, nos dice lo siguiente:

“Entre las personas eminentes, las más queridas por los hombres no pertenecen a la clase que los economistas llaman productora; nada tienen en sus manos; no han cultivado el trigo ni amasado el pan, no han organizado una colonia ni inventado un telar. La clase más alta en la estimación y el amor de la raza humana, de esa raza que edifica ciudades y va al mercado, es la de los poetas, quienes, desde su reino intelectual, alimentan el pensamiento y la imaginación con ideas e imágenes que elevan a los hombres fuera del mundo del trigo y del dinero y los consuelan de las mezquindades cotidianas y de las miserias del trabajo y del comercio”.

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(Johann Sebastian Bach, de Elías Haussmann)

Definitivamente, la labor menos pagada por los hombres que viven en el reino de lo aparente, termina resultando, para la Historia, la única labor inmortalizada. Son más recordados hoy que los poderosos de turno que fueron sus contemporáneos; Sus legados son imborrables; Sus obras son celebradas, atravesando con gracilidad las bravas olas del olvido humano.

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