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organo

Órgano de St. Bavo, en Haarlem, Holanda

No sabría decir cómo se produjo este romance, entre la música de órgano, y yo. Pero lo cierto es que ya lleva unos cuantos años, ¿Quizás porque el Órgano es el más espiritual de todos los instrumentos? Esos tubos mágicos apuntan hacia arriba, hacia el cielo, transportando consigo el aliento de Dios, el Prana, el Chi o Alma del Mundo. Escuchar el órgano, con su sonido envolvente, es para mí lo más cercano a estar en el Cielo. Los que han compuesto bellamente para este instrumento, además de estar en la cúspide del Arte de Orfeo, se han convertido en Jardineros Celestes que han traído a la Tierra una pizca de los deleites del Cielo.
Auténtica musicoterapia han sido, para mí alma, en momentos de estrés y tribulación, los trío sonatas para órgano de Bach (BWV 525 al BWV 530). El Adagio (trío sonata n°1) aleja de mí todo sentimiento de irritación y nerviosismo, trayendo una plácida lluvia otoñal en mi templo interior. El Largo (trío sonata n°2) me transmite una pura inocencia y candor que son remedios contra la corrosiva ambición. El Adagio e Dolce (trío sonata n°3) con su tierna melancolía nos dice que dejemos nuestros rencores terrenales y empecemos a perdonar. Perdonar no solo al prójimo sino a nosotros mismos. Bach se convierte en esta pieza en un evangelista del Amor puro, de ese amor que redime del sufrimiento, tal como decía el místico sufí Ibn Arabi: “Es para las almas amantes el Amor quien traza la senda. Los seres existen porque son amados; si no, sumergiríanse en la nada. El Amor es la luz que despierta a la Vida”.
El Allegro (trío sonata n°1) es un gozo mirífico, azulado, un paseo un poco veloz por las delicias de la vida.
El Andante (trío sonata n°4) contiene una melodía de sabor misterioso, bastante repetitiva, que lejos de aburrir, está diseñada para hipnotizar. El Largo (trío sonata n°5) es un ejercicio de introspección, para que buceemos en lo más profundo de nosotros.
El Vivace (trío sonata n°6) anuncia que toda Oscuridad puede ser vencida por un poco de Luz. Es esa alegría que anuncia el fin de los tormentos momentáneos.
Siguiendo con el aspecto más dulce del órgano, me encuentro con una de mis piezas favoritas: “Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ” (BWV 639) que me produce un arrobamiento nostálgico del alma, e incluso, algo muy cercano al éxtasis místico. Bach quiere aquí que los cristianos pidan perdón por sus pecados. Continuando con la temática religiosa, no podemos obviar la Pastoral (BWV 590) que contiene melodías increíblemente hermosas.
Elevando un poco más la Energía del órgano, está la Canzona (BWV 588) que parece introducir al oyente en una atmósfera bastante extraña. Por su parte, la Fuga en do (BWV 575) es una pieza magistral, llena de magia y virtuosismo. Aquí el órgano nos quiere mostrar para qué está hecho: Embelesar los espíritus.
No todo es dulzura y ternura en el órgano. Entre sus innumerables facetas, está la de ser un Intermediario del poder divino, ese poder del Cosmos que organiza las galaxias, crea los planetas y hace brillar las estrellas. Se necesita un óido fuerte para escuchar este “heavy metal” del siglo XVIII sin sentirse perturbado.
La Fantasía y Fuga (BWV 542) comienza electrizando el alma, sacudiendo nuestra psique, excitando nuestras víceras. Es un fuerte purgante contra el dolor emocional. Nos hace sentir pequeños y abrumados contra lo Inmenso y Majestuoso. Pero como en el TAO, hay que aprender a fluir en este río bravo y sanador.
En el Preludio y Fuga (BWV 543) experimentamos el temor de Dios, una sensación de asombro y perplejidad ante la inmensidad que nos rodea. Aquí los pedales del órgano hacen de Hermes Psicopompo, llevando las almas hacia el abismo, hacia la “Tierra Negra” (etimología de Alquimia) donde se produce la tan ansiada transmutación, que nos recuerda a “La noche oscura del Alma” a la que hacía referencia el poeta místico San Juan de la Cruz.
El pedal del órgano nos seduce también de forma maravillosa en la “Tocata, Adagio y Fuga”, obra bastante alegre y juguetona. Si alguno se pregunta porqué apodan al órgano “instrumento rey”, que se ponga a escuchar la obra más colosal de Bach para este instrumento, la “Passacaglia y Fuga” (BWV 582) donde se despliega todo el poderío, la magia y la hermosura que es capaz de dar el órgano. Y por supuesto, la famosa “Tocata y Fuga”, de incomparable belleza, obra que fascina y que nos introduce en una atmósfera de misterio. Aún más misteriosas son las composiciones del primogénito de Bach, Wilhem Friedemann Bach, cuyas obras sí que son para ambientar alguna película de Drácula. Contemporáneo del padre de Friedemann, se encuentra otro señor del órgano, Johann Gottfried Walther, cuyas piezas delicadas y suaves son ideales para escuchar en un día gris y lluvioso. No tan suave fue Dietrich Buxtehude, el maestro de Bach, cuya composición compleja, díficil de digerir, transmite mucha melancolía. No en vano su música se menciona en “Demian” de Hermann Hesse. En Buxtehude intuyo un alma tormentosa que huía de sus demonios y buscaba desesperadamente llegar a la luz. Fue un explorador que abonó el terreno y plantó la semilla para que pueda germinar el “arbor philosophicae” de su discípulo, para gloria del instrumento rey.
Otro gran organista fue George Böhm, cuya obra transmite esa sensación de estar frente a algo muy antiguo, algo que se pierde en la noche de los tiempos.
Con Bach, caemos en la tentación de creer que se ha explorado todas las posibilidades del órgano y que nada nuevo pudo haberse creado. Pero cuando escuchamos a su gran discípulo, Johann Ludwig Krebs, nos damos cuenta que el órgano es infinito. En Krebs encontramos todo aquello que hemos dicho sobre Bach, e incluso más. Era un auténtico poeta y sabio del órgano, que supo tocar las teclas más sensibles del alma. Krebs nos da la mágica sensación de “reconocer” sus obras, ¿Pero qué es este “reconocer”? Es cuando hallamos la Verdad única en nosotros mismos, Verdad que puede tener matices en condiciones diferentes, pero que en esencia es la misma. Es la Verdad Universal. Y esta universalidad es la que nos transmite Krebs, por eso sus composiciones nos dan la fantástica impresión de haberlas escuchado con anterioridad, porque están allí, quizás, en cada uno como la Luz Divina.
No podemos analizar a Krebs pieza por pieza. Sus obras son un todo inseparable, como un Libro de Oro de órgano. A veces juega con nuestras emociones, ora nos sacude, ora nos acaricia. Nos invita, eso sí, a hacer un viaje iniciático en lo profundo de nuestro ser.
PROFUNDIDAD. MAJESTUOSIDAD. DULZURA. TRISTEZA. ALEGRÍA. PASIÓN. PODER. AMOR. LUZ. SOMBRA. TODO ESO ES EL ÓRGANO.

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