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Parece casualidad, pero no lo es. Hoy, 20 de agosto, un domingo, estaba bastante relajado escuchando músicas meditativas. Había almorzado una buena pasta y tomado un buen vino. Me hallaba contemplando un hermoso árbol de Obeña que tengo frente a casa. Este árbol, hace poco más de una semana ha comenzado a verdear.

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Días atrás no tenía hojas. Estaba totalmente deshojado. Y el árbol muestra su alma cuando se deshoja. Por eso me gusta tanto el otoño. Estaba pensando en que todo es tan pasajero, mientras observaba un retrato de mi niñez. Luego se me antojó agarrar un libro que hace ya bastante tiempo no hojeaba. Tenía un señalador justo donde lo había dejado la última vez.

Se trata de las “Entrevisiones de Bengala”, de Rabindranath Tagore, unos diarios suyos que yo no había terminado de leer. Leo el diario, y dice lo siguiente:

“¡Si pudiera yo vivir allí!” Se piensa a menudo cuando se mira un bello paisaje pintado. Esa es la clase de anhelo que encuentra su satisfacción aquí, donde se siente uno vivo en un cuadro de colores brillantes, sin nada de la dureza de la realidad. Cuando yo era niño, las ilustraciones de bosques y mar, en Pablo y Virginia o en Robinson Crusoe, me sacaban del mundo corriente que me rodeaba; el sol de aquí trae de nuevo a mi recuerdo  el sentimiento con que yo contemplaba esos grabados irreales donde todo era maravilloso. 

No puedo explicarme esto con exactitud. Es difícil exponer completamente la clase de ansiedad se despierta en el afán que me une con el mundo más grande. Me siento como si vagos recuerdos distantes me vinieran de aquel tiempo en que fui uno con el resto de la tierra; cuando alrededor de mí crecía la yerba verde y sobre mí caía la luz de otoño; cuando un cálido perfume de juventud salía de mi vasto y suave cuerpo verde, con el contacto de los rayos del sol blando, y una vida nueva, una dulce alegría, destilaba de mí, conscientemente, y se me derramaba por toda la inmensidad de mi ser, donde habitaban los más extraordinarios países y mares y montañas, bajo el brillante cielo azul. 

Mis sentimientos parecen ser los de nuestra antigua tierra, en un éxtasis diario de su vida besada por el sol; su propia conciencia parece chorrear por cada brizna de yerba, por cada raíz chupadora, para levantarse en la savia por entre los árboles, para estallar con temblores de alegría en los ondulantes campos de maíz y en las susurrantes hojas de las palmeras. 

Me siento impelido a dar expresión a este lazo de sangre que me une con la tierra, a describir mi amor ardiente por ella; pero temo a no ser comprendido y me acojo al silencio frente a la luz deslumbradora. 

SHELIDAH, 20 de Agosto de 1892

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Esto es lo que sentía un alma hace 125 años. Hoy solo es silencio. Ese silencio que está detrás de todo. De alguna manera estamos conectados. Yo también me acojo al silencio frente a la luz deslumbradora.

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