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He decidido seguir deleitando a mis lectores con “La Importancia de Vivir”, de Lin Yutang, obra que ya ha traído no pocas alegrías a esta Bitácora. Esta vez, transcribiré un capítulo entero, denominado: “De andar por allí y ver cosas”. 

Viajar solía ser un placer; Ahora se ha convertido en industria. No hay duda que existen hoy mayores comodidades para viajar que hace cien años, y que los gobiernos con sus oficinas oficiales de viajes han explotado el comercio de los turistas, con el resultado de que el hombre moderno viaja, en general, más que su abuelo. No obstante, viajar parece haberse convertido en un arte perdido. A fin de comprender el arte de viajar es preciso conocer primero los diferentes tipos de falsos viajes, que no son viajes.

El primer tipo de viaje falso es el de viajar para mejorar la educación. Se ha exagerado indudablemente esto de viajar para mejorar la educación. Dudo mucho que pueda mejorar tan fácilmente el espíritu de cada uno. Por lo menos, hay muy pocas muestras de esa mejora, en los centros sociales y las conferencias. Pero si solemos ser tan serios para dedicarnos a mejorar el espíritu, al menos durante unas vacaciones deberíamos dejar que quedara ociosa la mente, deberíamos darle esas vacaciones. Esta falsa idea de viajar ha dado origen a esa institución de los guías de turismo, la especie más intolerante y parlanchina de entrometidos que se pueda imaginar.

No se puede pasar por una plaza o frente a una estatua de bronce sin que uno de esos entrometidos recuerde de viva voz que Fulano nació el 23 de abril de 1792 y murió el 2 de diciembre de 1852. He visto hermanas de un convento que escoltaban a sus alumnas a un cementerio, y cuando todo el grupo se detenía ante una tumba, leían de un libro la fecha del difunto, la edad en que se casó, el nombre y apellido de su esposa, y tantas tonterías llenas de cultura que, estoy seguro, dieron al traste con el placer del viaje para todas las niñas. Y también los grandes se convierten en grupos de escolares a quienes el guía vocifera una lección; Y cuando los viajeros son de tipo más estudioso toman notas, y muy asiduamente, como buenos alumnos.

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La segunda especie de viaje falso es el viaje para la conversación, o sea el que se hace para poder conversar después. He visto visitantes de Hupao, en Hangchow, lugar famoso por su té y el agua de sus manantiales, que se hacían sacar retratos en el acto de alzar tazas de té a los labios. Es cierto que hay un sentimiento sumamente poético en mostrar a los amigos un retrato obtenido cuando bebíamos té en Hupao. El peligro está en que piense uno menos en el sabor del té que en la fotografía misma. Esto puede convertirse en una obsesión, especialmente para los viajeros provistos de cámaras fotográficas, como lo advertimos tan a menudo en los ómnibus de turistas que recorren París y Londres. Los turistas están tan atareados con sus cámaras que les falta tiempo para mirar los lugares que recorren. Es claro que tienen el privilegio de verlos en las fotografías, cuando vuelven a casa, pero es evidente que se puede comprar fotografías, de Trafalgar Square o de los Champs-Elysées, en Nueva York o en Peiping. (Nota del Bloguero: Si esto de las cámaras ya era preocupante en 1937, época en que se escribió este libro, ni imaginemos lo que es hoy en día) Y como estos lugares históricos se convierten en lugares de los que se habla después, y no son lugares que hay que mirar, es natural que cuantos más lugares visite uno tanto más ricos serán los recuerdos, y tanto más lugares habrá de los que hablar más adelante. Esta manía de aprender y estudiar impele, pues, a los turistas a recorrer todos los puntos que sea posible en un día. Tienen en sus manos un programa de sitios que visitar, y al llegar a uno lo marcan con un lápiz en el programa. Sospecho que tales viajeros tratan de ser eficientes hasta en sus vacaciones (Nota del Bloguero: En capítulos anteriores el autor había hecho ya varias críticas a la ideología de la Eficiencia, nieta o bisnieta de la filosofía del Utilitarismo, tan contraria a las enseñanzas taoístas milenarias).

Esta tonta manera de viajar produce necesariamente el tercer tipo de falsos viajeros, de los que viajan a horario, sabiendo de antemano cuántas horas van a pasar en Viena o en Budapest. Antes de partir, estos viajeros hacen un horario perfecto y lo respetan religiosamente. Atados al reloj y al calendario están en su casa, y siguen atados al reloj y al calendario cuando salen de ella.

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En lugar de estos falsos tipos de viajes, estimo que los verdaderos motivos de los viajes son, o deben ser, otros. En primer lugar, el verdadero motivo debe ser el de viajar para perderse o ser desconocido. Más poéticamente, podríamos decir que es el viajar para olvidar. Todos son muy respetables en su lugar natal, piensen lo que piensen de ellos en los círculos sociales más elevados. Están atados allí por una serie de convenciones, reglas, costumbres y deberes. El banquero comprende que es difícil que se le trate como a un ser humano común, cuando está en su lugar de residencia, y que no logrará olvidar que es banquero, y me parece que la verdadera excusa de un viaje es la de que podrá encontrarse en una comunidad en la que es apenas un ser humano. Las cartas de presentación están muy bien para la gente en viaje de negocios, pero los viajes de negocios están, por definición, fuera de la categoría del viaje puro. Un hombre cualquiera tiene menos probabilidades de descubrirse como ser humano si lleva consigo cartas de recomendación, y de saber exactamente cómo le hizo Dios, como ser humano, fuera de los accidentes artificiales de la posición social. Contra la comodidad de ser bien recibido por amigos en un país extranjero y de ser guiado eficientemente a través de las capas sociales de la clase de cada uno, existe una excitación mayor, la de sentirse explorador en la selva, reducido a sus propios medios. Tiene así la oportunidad de demostrarse que puede ordenar un pollo frito con el idioma de las manos, o de encontrar el camino en la ciudad, comunicándose, sin ayuda, con un agente de policía en Tokio. Al menos, este viajero puede volver a su casa con el sentimiento de que es menos novato, que no depende tanto de su chófer y su mayordomo.

El verdadero viajero es siempre un vagabundo, con las alegrías, las tentaciones, y el sentido de aventura que tiene el vagabundo. Viajar es “vagabundear” o no es viajar. La esencia del viaje es no tener deberes, ni horas fijas, ni correspondencia, ni vecinos inquisidores, ni comisiones de recepción, ni destino fijo. Un buen viajero es el que no sabe adónde va, y un viajero perfecto es el que no sabe de dónde viene. No sabe siquiera su nombre y apellido. Es probable que este viajero no tenga un solo amigo en una tierra extraña, pero como lo expresó una monja china: “No estimar a nadie en particular es estimar a la humanidad en general”. No tener un amigo particular es tener a todos por amigos. Este viajero, que ama a la humanidad en general, se mezcla con ella y ambula observando el encanto de la gente y sus costumbres. Esta especie de beneficio se pierde completamente para los viajeros que hacen turismo en ómnibus, que permanecen en el hotel, conversan con sus compañeros de viaje y, como se da el caso de muchos viajeros que van a París, se preocupan por comer en el sitio donde se reúnen sus compatriotas, donde están seguros de encontrar a quienes llegaron en el mismo barco, y de comer cosas que saben exactamente como en la patria. Los viajeros ingleses que llegan a Shanghái se preocupan de instalarse en un hotel inglés donde puedan comer jamón con huevos y tostadas con dulce en el desayuno, y permanecen siempre en el salón de cocktails, y se asustan cuando se trata de inducirles a que den un paseo en palanquín. Son terriblemente higiénicos, por cierto, pero entonces, ¿Para qué van a Shanghái? Estos viajeros no se dan tiempo jamás para entrar en el espíritu del pueblo, y así renuncian a uno de los mayores beneficios de los viajes.

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Este espíritu de vagabundeo hace posible que las personas que salen de vacaciones se acerquen a la Naturaleza. Los viajeros de esta clase, pues, insistirán siempre en ir a los balnearios donde haya menos gente, y donde podrán tener una verdadera soledad y una comunión con la Naturaleza. Los viajeros de esta especie, cuando se preparan para el viaje, no van a una tienda y dedican mucho tiempo a elegir un traje de baño azul o rojo. El lápiz para labios es admisible, porque quien sale de vacaciones, como sigue a Juan Jacobo Rousseau, quiere ser natural, y ninguna mujer puede ser natural sin un buen lápiz para los labios. Pero esto se debe a que cuando uno va a las playas y balnearios a donde van todos, se pierde o se olvida todo el beneficio de una asociación más íntima con la Naturaleza. Vamos a una estación termal famosa, y nos decimos: “Ahora vamos a estar a solas”, pero después de comer en el hotel recogemos en el diario y descubrimos que el lunes llegó la Señora B. A la mañana siguiente, en nuestra caminata “solitaria”, encontramos a toda la familia de los Dudley, llegada en tren la noche anterior. El jueves por la noche, descubrimos con gran deleite, que también el señor S. y su esposa están pasando sus vacaciones en este maravilloso valle escondido. La señora S. invita entonces a los Dudley a tomar el té, y los Dudley invitan a los esposos S. a un partido de Bridge, y oímos a la señora S. que exclama: “¡Qué encantador es esto! Igual que en Nueva York, ¿verdad?”

Me atrevo a sugerir que hay otra manera de viajar, viajar para no ver nada ni a nadie, solo a las ardillas y las ratas almizcleras y los picamaderos y los árboles y las nubes. Una amiga mía, una dama norteamericana, me contó cómo fue con algunos amigos chinos a una colina de las cercanías de Hangchow, con el fin de no ver nada. Era una mañana brumosa, y al subir la colina la niebla se hacía cada vez más densa. Se oía el suave golpeteo de las gotas de humedad en el césped. No se veía nada más que la nieva. La dama norteamericana estaba desalentada. “Pero tiene que seguir con nosotros; hay una vista maravillosa allí en lo alto”, insistieron sus amigos chinos. Siguió subiendo, y al cabo de un rato vio a la distancia una peña muy fea, envuelta en nubes, que había sido anunciada como una gran vista. “¿Qué es eso?”, preguntó. “Es el Loto Invertido” respondieron sus amigos. Algo mortificada, se disponía a emprender el descenso. “Pero hay una vista aún más maravillosa desde la cima”, le dijeron. Tenía ya casi empapado el vestido, pero había renunciado a la lucha y siguió el ascenso. Por fin llegaron a la cumbre. Les rodeaba por todas partes un conjunto de nieblas y brumas, apenas visible en el horizonte el contorno de distantes montañas. “Pero aquí no hay nada que ver”, protestó mi amiga. “Precisamente. Subimos para no ver nada”, le respondieron sus amigos chinos.

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Hay una gran diferencia entre ver cosas y no ver nada. Muchos viajeros que ven cosas no ven nada en realidad, y muchos que no ven nada ven mucho. Me divierte sobremanera enterarme que un autor va a un país extranjero “para obtener material para su nuevo libro”, como si ya hubiera agotado todo lo que hay que ver en la humanidad de su ciudad o su país, y como si el tema se pudiera agotar alguna vez. Llegamos, pues, a la filosofía de viajar consistente en la capacidad de ver cosas, que anula la distinción entre viajar a un país distante y andar por los campos vecinos una tarde cualquiera.

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Las dos se convierten en una sola cosa, como insistió Chin Shengt’an. El equipo más necesario para un viajero es “un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas”, como lo expresó un famoso crítico teatral chino en su famoso comentario sobre el drama Cámara Occidental. Lo que interesa es saber si uno tiene corazón para sentir y ojos para ver. Si no los tiene, sus visitas a la montaña son pura pérdida de tiempo y de dinero; En cambio, si tiene “un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas”, podrá obtener el más grande júbilo de los viajes sin ir siquiera a las montañas, permaneciendo en su casa y mirando a su alrededor, y recorriendo los campos para contemplar una nube fugitiva, o un perro, o una cerca, o un árbol solitario. Doy ahora una traducción de la disertación de Chin sobre el verdadero arte de viajar:

He leído relatos de viajes y comprendo que muy poca gente entiende el arte de viajar. A buen seguro, el hombre que sabe cómo viajar no se atemorizará ante un largo viaje para ver todas las cosas de la tierra y el mar y explorar toda su grandeza y misterio. Pero cierto talento en su pecho y cierta visión bajo sus cejas le dicen que no es necesario ir a todos los lugares bellos y famosos de la tierra y el mar a fin de explorar las maravillas y misterios de la naturaleza. Un día va a una caverna de piedra usando una gran cantidad de energía de sus piernas, sus ojos y su mente, y una vez que lo ha hecho va otra vez al día siguiente a otro lugar bendito y pierde algo más energía de las piernas, los ojos y la mente. Los que no comprendan dirán: “¡Que ratos maravillosos habrá pasado usted, con sus visitas de estos días! Después de ver una caverna de piedra, ha ido a visitar otro lugar bendito”. No han comprendido nada. Porque hay cierta distancia entre los dos lugares que ha visitado, acaso veinte o treinta li, o quizá ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos li, o quizás un solo li o apenas medio li. Con ese talento especial en el pecho y esa visión especial bajo las cejas, ¿no ha mirado acaso a esa distancia de un li o de medio li en la misma forma que ha mirado a la caverna de piedra o al lugar bendito?

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Es cierto que hay algo que aterroriza la mirada y sorprende el alma, al ver que la Madre Naturaleza, con su gran habilidad y sabiduría y energía, ha producido de pronto algo como una caverna de piedra o un lugar bendito. Pero a menudo he contemplado casualmente las cosas pequeñas de este universo: un pájaro, un pez, una flor, o una plantita, y aun la pluma de un ave, la escama de un pez, el pétalo de una flor y una hoja de césped, y he comprendido que la Madre Naturaleza también las ha creado con su gran habilidad y sabiduría y energía. Se dice que el león emplea la misma energía para atacar a un elefante que para cazar una liebre, y en verdad sucede lo mismo con la Madre Naturaleza. Emplea toda su energía para producir una caverna de piedra o un lugar bendito, pero también utiliza toda su energía para producir un pájaro, un pez, una flor o una mata de césped, o aun una pluma, una escama, un pétalo, una hoja. Por lo tanto, no es solamente la caverna de piedra o el lugar bendito lo que aterroriza la vida y sorprende al alma en este mundo.

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Además, ¿hemos pensado alguna vez cómo fueron producidos la caverna de piedra y el lugar bendito? Tshuangtsé ha dicho sabiamente: “Comprender los diferentes órganos del caballo no es comprender el caballo mismo. Lo que llamamos caballo existe antes que sus diferentes órganos”. Hagamos otra analogía: vemos los bosques que crecen en torno a los grandes lagos, y los árboles y las rocas que cubren las grandes montañas. Causa alegría al viajero saber que los grandes bosques, y los árboles y las peñas, se hallan reunidos para formar los grandes lagos y las grandes montañas. Pero los imponentes picos están formados por rocas pequeñas, y las cataratas están formadas y nutridas por pequeños manantiales de agua. Si las examinamos una a una vemos que las piedras no son mayores que la palma de una mano, y los manantiales son apenas hilos de agua. Laotsé ha dicho: “Treinta rayos se agrupan alrededor de la taza de una rueda, y cuando pierden su realidad individual tenemos un carro en función. Damos a la arcilla la forma de vasija, y cuando la arcilla pierde su existencia tenemos un utensilio. Hacemos un agujero en la pared para que sea ventana o puerta, y cuando las puertas y ventanas pierden su existencia, tenemos una casa para vivir”

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Y de igual modo, cuando vemos una caverna de piedra o un lugar bendito y advertimos los picos que se elevan verticalmente, los pasos montañosos que se extienden horizontalmente, los que se alzan y forman un precipicio, los que bajan y forman un río, los que están a nivel y forman una meseta, los que se inclinan y forman una ladera, los que cruzan y se convierten en puentes y los que se acercan y se convierten en quebradas, comprendemos que, por incomparablemente  múltiples que sean en su grandeza y su misterio, esta grandeza y este misterio surgen cuando las partes pierden su existencia individual. Porque cuando pierden su existencia no hay pasos, ni precipicios, ni ríos, ni mesetas, ni laderas, ni puentes, ni quebradas. Pero precisamente en su no existencia ambulan y flotan a sus anchas el talento especial de nuestro pecho y la visión especial bajo nuestras cejas. Y como este talento especial de nuestro pecho y esta visión especial bajo nuestras cejas pueden ambular y flotar a sus anchas solamente cuando son inexistentes estas cosas, ¿por qué, pues, hemos de insistir en visitar la caverna de piedra y el lugar bendito?

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Si, por lo tanto, con el talento especial en el pecho y la visión especial bajo las cejas puedo ambular y flotar a mis anchas solamente cuando estas cosas pierden su existencia individual, ¿no es innecesario que visite la caverna de piedra y el lugar bendito? Porque, como acabo de decir, en la distancia de veinte o treinta li, o aun de un li, o medio li, ¿no hay también, por todas partes, cosas que pierden su existencia? Un torcido puentecito, un desvaído árbol solitario, un atisbo de agua, una aldea, una cerca, un perro: ¿Cómo sé que no están también aquí el misterio y la grandeza de la caverna de piedra y el lugar bendito, en que puedo ambular y flotar a mis anchas?…

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Además, no es necesario tener un talento especial en el pecho y una visión especial bajo las cejas: Si se necesitara un talento especial para flotar por ahí y una visión especial para ambular a su antojo, podríamos no encontrar en el mundo una sola persona que comprendiera el arte de viajar. Según Shengt’an (el mismo autor), no hay talento especial ni visión especial: tener voluntad de flotar en el ambiente de cada uno ya es tener talento especial, y poder ambular a sus anchas ya es tener visión especial. Los criterios del Viejo Mi (Mi Fei) para juzgar las rocas son: hsiou, tsou, t’ou y sou (delicadeza, ondulación, claridad y delgadez) Pero una charca de agua, una aldea, un puente, un árbol, una cerca o un perro, a una distancia de un li o de medio li tienen también gran delicadeza, gran ondulación, gran claridad y gran delgadez. Y si vemos su delicadeza, su ondulación, su claridad y su delgadez no podemos menos que ambular y flotar en espíritu a nuestras anchas entre ellos. ¿Qué hay en la grandeza y el misterio de los picachos y de los pasos de montaña y los precipicios y los ríos y las mesetas, las laderas, los puentes y las quebradas, en la caverna de piedra y el lugar bendito, fuera de que son delicados, ondulantes, claros y delgados? Quienes insisten en visitar las cavernas de piedra y los lugares benditos, por lo tanto, han dejado mucho sin visitar; es más, no han visitado nada. Porque quienes no llegan a ver el misterio y la grandeza de una simple cerca o un perro, han visto solamente lo que no es grandioso ni misterioso en las cavernas de piedra y los lugares benditos.

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