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En la mansión de nuestro espíritu hay una pieza, una alcoba muy grande pero abandonada en el que no nos atrevemos a entrar. Sabemos, intuimos que en su interior hay polvo, moho y suciedad, muebles desvencijados, goteras y humedad. Tememos incluso abrir esa puerta dura y deslucida que conlleva a este descuidado aposento, por miedo a escuchar el chirriar de sus goznes. Preferimos ignorar este sector, como siempre lo hemos hecho, y condenarlo a una perpetua oscuridad. Mirar su interior nos provocaría repulsa, y quien sabe si no sería como la visión que tuvo Dorian Gray de su retrato.

olvido de sí

Por estas razones, o sinrazones, preferimos no ocuparnos de nosotros mismos, lo de esencial. Optamos por abrumarnos en diversas actividades que nos hagan olvidar la existencia de este Aposento que nos reclama cada vez más atención. Echamos la mirada para cualquier parte, hacia atrás, hacia adelante, mas nunca hacia el ahora.

Los sabios de todos los tiempos concordaban en que el hombre debe emprender la búsqueda más ardua de todas, el conocerse a sí mismo. De diversas maneras han expresado esta idea fundamental. Si el hombre no inicia esta búsqueda, si no se anima a echar luz sobre esta morada polvorienta de su interior, ese hombre quizás tendrá, pero nunca será. El temor lo sujetará por siempre y el olvido de sí será su narcótico indispensable.

olvido de sí1

Gurdjieff llamaba “recuerdo de sí” a un proceso mediante el cual nos liberamos gradualmente de nuestra condición autómata, como despertando de un imperceptible sueño. Recordarse a sí mismo no implica  “pensar siempre en sí mismo” en términos egoístas. Es un estado del ser, donde momentáneamente se descorre el velo de Maia y desaparecen las nieblas que cubren el cristal de nuestra percepción. Equivale a entrar en el aposento que mencionábamos al principio.

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Dice Lin Yutang en La importancia de vivir: “Todos convenimos en que el yo atareado que se ocupa en las diarias actividades no es del todo el yo real. Estamos muy seguros de que hemos perdido algo en la pura búsqueda de un sustento”. A continuación, cita nuestro autor una parábola de Tschuangtsé:

Cuando Tschuangtsé ambulaba por el parque de Tiao-Ling, vio un extraño pájaro que venía del sur. Las alas tenían siete pies de ancho. Los ojos, una pulgada de circunferencia. Y voló cerca de la cabeza de Tschuangtsé  para posarse en un bosquecillo de castaños.

– ¿Qué especie de pájaro es éste? –Gritó Tschuangtsé  –, Con alas poderosas, no se aleja volando. Con ojos grandes, no me ve.

Entonces se recogió las faldas y caminó hacia él con su arco, ansioso por cazarlo. En eso vio una cigarra que gozaba de la sombra, olvidada de todo lo demás. Y vio un cortón, un insecto mayor, que saltaba y la capturaba, olvidando en el acto su propio cuerpo, sobre el cual cayó inmediatamente el extraño pájaro, para hacerlo su presa. Y esto fue lo que hizo que el pájaro olvidara su propio ser.

– ¡Ay! – Exclamó Tschuangtsé  con un suspiro  – ¡Cómo se lastiman unas a otras las criaturas del mundo! La pérdida sigue a la búsqueda de la ganancia.

Entonces abandonó su arco y se marchó a su casa, echado por el guardián del jardín que quería saber qué estaba haciendo allí. Durante tres meses, después de esto, Tschuangtsé no abandonó su casa; y por fin Lin Chu le preguntó:

– Maestro, ¿Cómo es que no sales hace tanto tiempo?

– Mientras cuidaba de mi armazón física  – respondió Tschuangtsé  – perdí de vista mi verdadero yo. Por mirar aguas enlodadas, perdí de vista el claro abismo. Además, he aprendido del Maestro lo que sigue: “Cuando vayas al mundo, sigue sus costumbres”. Pues cuando caminaba por el parque de Tiao-Ling olvidé mi verdadero yo. Ese extraño pájaro, que junto a mí voló hasta el bosquecillo de castaños, olvidó su ser. El cuidador del bosquecillo de castaños me tomó por ladrón. Por esto no he salido.

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Concluye Lin Yutang en que es deber de la filosofía “descubrir y recobrar lo perdido”. He de concluir por mi parte, que para no olvidarnos de nosotros mismos, hay que estar totalmente presentes en el presente.

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