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A propósito de reflexionar sobre los paisajes y los ambientes y cómo éstos influyen en el alma del hombre, tuve la gracia de encontrarme con un libro sencillo, hermoso y lleno de insospechadas delicias. Vagando por ese “tormentoso mar de la literatura” a juicio de la extraordinaria George Sand, me topé con “Rafael”, una obra de Lamartine no muy conocida en mi ambiente (donde la palabra en sí misma es un bien escaso). Y bueno, no me esperaba encontrarme gozoso leyendo un texto del romanticismo, y para colmo, uno donde la filosofía perenne encuentra un dichoso asidero.

retrato de bindo altoviti - rafael

Rafael – Retrato de Bindo Altoviti

Hay sitios, climas, estaciones, horas, circunstancias externas de tal modo en armonía con ciertas impresiones del corazón que la naturaleza parece formar parte del alma y el alma de la naturaleza; a tal punto que si se separa el drama de la escena y la escena del drama, aquélla se descolora y el sentimiento de desvanece. Quitad las playas de Bretaña a Renato, las sabanas del desierto a Atala, las nieblas de la Suabia a Werther, las cálidas regiones y sus ardientes melancolías a Pablo y Virginia, y no comprenderéis ni a Chateaubriand, ni a Bernardino de Saint Pierre, ni a Goethe. Las cosas y los lugares se unen por un lazo íntimo, porque la naturaleza es una en el corazón del hombre como ante sus ojos. Somos hijos de la tierra. La vida que alimenta su savia y nuestra sangre es la misma. Todo cuanto la tierra, nuestra madre, parece experimentar y decir a nuestros ojos en sus formas, en sus aspectos, en su fisonomía, en sus melancolías o en sus esplendores, tiene eco en nuestro ser. No se comprende bien un sentimiento sino en los sitios donde ha sido sugerido o engendrado.

Así comienza Lamartine su relato, con ciertas reminiscencias de panteísmo que nos recuerda al “Espíritu de la Naturaleza” de Emerson, y que nos obligará, afortunadamente, a echar otra mirada, más profunda, a la literatura romántica, la gran literatura del siglo XIX.

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