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(Pausanias cuenta que todos los años una teoría iba desde Delfos al valle de Tempé, para coger el laurel sagrado. Esta usanza significativa recordaba a los discípulos de Apolo su relación con las iniciaciones órficas y que la inspiración primera de Orfeo era el tronco antiguo y vigoroso, del que el templo de Delfos cogía las ramas siempre jóvenes y vivas. Esta fusión entre la tradición de Apolo y la tradición de Orfeo se señala de otro modo en la historia de los templos. En efecto, la célebre disputa entre Apolo y Baco por el trípode del templo no tiene otro sentido. Baco, dice la leyenda, cedió el trípode a su hermano y se retiró al Parnaso. Esto quiere decir que Dionisos y la iniciación órfica quedaron como privilegio de los iniciados, mientras que Apolo daba sus oráculos al exterior).

 Estamos en Tesalia, en el fresco valle de Tempé. Había llegado la noche santa consagrada por Orfeo a los misterios de Dionisos. Guiado por uno de los servidores del templo, el discípulo de Delfos marchaba por un desfiladero estrecho y profundo, bordeado por rocas a pico. En la noche sólo se oía el murmullo del río que fluía entre sus verdes orillas. Por fin, la luna llena se mostró tras una montaña. Su disco amarillento salió entre las rocas sumidas en la oscuridad. Su luz sutil y magnética se difundió en las profundidades; y de repente, el valle encantado apareció en una claridad paradisíaca. Por un momento se reveló por completo con sus hondonadas cubiertas de césped, sus quesillos de fresnos y de álamos, sus cristalinos manantiales, sus grutas veladas por hiedras colgantes y su río sinuoso rodeando islotes de árboles o corriendo bajo bóvedas de ramaje. Un vapor amarillento, un sueño voluptuoso envolvía a las plantas. Suspiros de ninfas parecían hacer palpitar el espejo de las fuentes y vagos sonidos de flautas se escapaban de los rosales inmóviles. Sobre todas las cosas se cernía el silencioso encanto de Diana.

El discípulo de Delfos caminaba como en un ensueño. A veces se detenía para respirar el delicioso perfume de la madreselva y del laurel. Pero la mágica claridad sólo duró su instante. La luna quedó cubierta por una nube. Todo se volvió negro; las rocas tomaron de nuevo sus formas amenazadoras; y luces errantes brillaron por todas partes bajo la espesura de los árboles, a la orilla del río y en las profundidades del valle.

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Corot – Orfeo y Eurídice dejando el inframundo

— Son los mistos que se ponen en camino — dijo el anciano guía del templo —

 Cada cortejo tiene su guía porta antorcha. Vamos a seguirles. Los viajeros encontraron coros que salían de los bosques y se ponían en marcha. Primero vieron pasar a los mistos del Baco joven, adolescentes vestidos con largas túnicas de finísimo lino y coronados de hiedra. Llevaban copas de madera tallada, símbolo de la copa de la vida. Luego llegaron hombres jóvenes, robustos y vigorosos. Eran los devotos de Hércules luchador; llevaban cortas túnicas, piernas desnudas, cubiertas las espaldas por una piel de león y coronas de olivo sobre su cabeza. Después vinieron los inspirados, los mistos de Baco sacrificado, llevando alrededor del cuerpo una piel cebrada de pantera, cintas de púrpura en los cabellos y el tirso en mano. Al pasar cerca de una caverna, vieron prosternados a los devotos de Aedón y de Eros subterráneo. Eran hombres que lloraban a parientes o amigos muertos y cantaban en voz baja: “¡Aedón! ¡Aedón! Devuélvenos los seres que nos has arrebatado o haznos descender a tu reino”.

El viento se abismaba en la caverna y parecía prolongarse bajo tierra con risas y sollozos fúnebres. De repente, un misto se volvió hacia el discípulo de Delfos y le dijo: “Has franqueado el umbral de Aedón; no volverás a ver la luz de los vivos”. Otro, al pasar, le deslizó estas palabras al oído: “Sombra, a la sombra volverás; tú que vienes de la Noche, vuelve al Erebo”. Y se alejó corriendo. El discípulo de Delfos se sintió helado de espanto y murmuró a su guía: “¿Qué quiere decir esto?”. El servidor del templo pareció no haber oído y solamente dijo: “Es preciso pasar el puente. Nadie puede evitarlo”. A poco atravesaron un puente de madera sobre el río Peneo.

Alma Tadema - dedicación a Baco

Alma Tadema – dedicación a Baco

— ¿De dónde vienen — dijo el neófito — esas voces lastimeras y esa lamentosa melopea? ¿Quiénes forman esas largas filas de sombras blancas que marchan bajo los álamos?

— Son mujeres que van a iniciarse en los misterios de Dionisos.

— ¿Sabes sus nombres?

— Aquí nadie conoce el nombre de los demás, y cada uno olvida el suyo propio. Porque, del mismo modo que a la entrada del sagrado recinto los devotos dejan sus vestiduras sucias para bañarse en el río y vestirse con limpias ropas de lino, así también cada uno deja su nombre para tomar otro. Durante siete noches y siete días es preciso transformarse, pasar a otra vida. Mira esas multitudes de mujeres. No están agrupadas por familias o patria, sino por el Dios que las inspira. 

Vieron desfilar jóvenes coronadas de narcisos, con peplos azulados, que el guía llamaba las ninfas compañeras de Perséfona. Llevaban castamente en sus brazos, cofrecillos, urnas, vasos votivos. Luego venían, con peplos rojos, las amantes místicas, las esposas ardientes y buscadoras de Afrodita, que se internaron en un bosque sombrío; de allí oyeron salir apremiantes voces de llamadas mezcladas con lánguidos sollozos, que poco a poco se amortiguaron.

Luego un coro apasionado se elevó del oscuro bosquecillo, y subió al cielo en palpitaciones lentas: “¡Eros, nos has herido! ¡Afrodita, has quebrado nuestros miembros! Hemos cubierto nuestro seno con la piel del cervatillo, pero en nuestros pechos llevamos la púrpura sangrienta de nuestras heridas. Nuestro corazón es un brasero devorador. Otras mueren en la pobreza; el amor nos consume. Devóranos, ¡Eros!, ¡Eros!; ¡Eros!, o libértanos, ¡Dionisos!, ¡Dionisos!”.

Alma Tadema - bacanal

Alma Tadema – Bacanal

Otro grupo avanzó. Aquellas mujeres iban por completo vestidas de lana negra con largos velos, que arrastraban tras ellas, y todas profundamente afligidas por algún pesar. El guía dijo que eran las desconsoladas de Perséfona. En aquel lugar se encontraba un gran mausoleo de mármol cubierto de hiedra. Se arrodillaron ellas a su alrededor, deshicieron sus tocados y lanzaron grandes gritos. A la estrofa del deseo respondieron por la antistrofa del dolor: “¡Perséfona, — decían —, has muerto, arrebatada por Aedón; has descendido al imperio de la muerte! ¡Nosotras, que lloramos el bien amado, somos unas muertas en vida! ¡Que no renazca el día! ¡Que la tierra que te cubre, Oh gran Diosa, nos dé el sueño eterno, y que mi sombra vague abrazada a la sombra querida! Escúchanos, ¡Perséfona!, ¡Perséfona!”. Ante aquellas escenas extrañas, bajo el delirio contagioso de aquellos profundos dolores, el discípulo de Delfos se sintió invadido por mil sensaciones contrarias y atormentadoras. Le parecía que no era él mismo; los deseos, los pensamientos, las agonías de todos aquellos seres se habían convertido en sus agonías y deseos. Su alma se hacía pedazos para pasar a mil cuerpos. Una angustia mortal le penetraba. Ya no sabía si era un hombre o una sombra.

Entonces, un iniciado de elevada estatura que por allí pasaba, se detuvo y dijo: “¡Paz a las afligidas sombras! Mujeres dolientes, ¡anhelad la luz de Dionisos! ¡Orfeo os espera!”. Todas le rodearon en silencio, deshojando sus coronas de asfódelos, y él, con su tirso, les mostró el sendero. Las mujeres fueron a beber a una fuente vecina, con copas de madera. Las teorías se volvieron a formar y el cortejo continuó la marcha. Las jóvenes habían tomado la delantera. Cantaban un treno con este estribillo: “¡Agitad las adormideras! ¡Bebed en la corriente del Leteo!. ¡Dadnos la flor deseada, y que florezca el narciso para nuestras hermanas! ¡Perséfona!. ¡Perséfona!”.

El discípulo caminó mucho tiempo aún, acompañado por el guía. Atravesó praderas de asfódelos, y pasó bajo la sombra negra de los álamos de triste murmullo. Oyó canciones lúgubres que flotaban en el aire y venían sin saber de dónde. Vio, suspendidas a los árboles, horribles caretas y figuritas de cera figurando niños en pañales. Aquí y allá, las barcas atravesaban el río con gentes silenciosas como muertos. Por fin el valle se ensanchó, el cielo se fue iluminando sobre las altas cimas, y apareció la aurora. A lo lejos se divisaban las sombrías gargantas del monte Ossa, surcadas de abismos en que se amontonaban las rocas desplomadas. Más cerca, en medio de un anfiteatro de montañas, sobre una colina cubierta de bosque, brillaba el templo de Dionisos.

boticelli - la primavera

Botticelli – La Primavera

El sol doraba ya las altas cimas. A medida que se aproximaron al templo, veían llegar de todas partes cortejos de devotos, multitudes de mujeres, grupos de iniciados. Estas gentes, graves en apariencias, mas agitadas interiormente por una tumultuosa esperanza, se reunieron al pie de la colina y subieron al santuario. Todos se saludaban como amigos, agitando los ramos y los tirsos. El guía había desaparecido, y el discípulo de Delfos se encontró, sin saber cómo, en un grupo de iniciados de brillantes cabellos adornados con coronas y cintas de colores diversos. Jamás los había visto, sin embargo creía reconocerlos por una reminiscencia llena de felicidad. Ellos también parecían esperarle, pues le saludaban como a un hermano y le felicitaban por su feliz llegada. Conducido por su grupo y como transportado sobre alas, subió hasta los más altos escalones del templo, cuando un rayo de luz deslumbradora entró en sus ojos. Era el sol naciente que lanzaba su primera flecha en el valle e inundaba con sus rayos brillantes aquella multitud de devotos e iniciados, agrupados en las escalinatas del templo y por toda la colina. En seguida un coro entonó el peón. Las puertas de bronce del templo se abrieron por sí mismas y seguido del Hermes y del porta antorcha, apareció el profeta, el hierofante, Orfeo. El discípulo de Delfos le reconoció con un estremecimiento de alegría. Vestido de púrpura, con su lira de marfil y oro en la mano, Orfeo irradiaba una eterna juventud. Habló de este modo:

— ¡Paz a todos los que habéis llegado para renacer después de los terrestres dolores y que en este momento renacéis! ¡Venid a ver la luz del templo, vosotros que de la noche salís, devotos, mujeres, iniciados! Venid a regocijaros, vosotros que habéis sufrido; venid a reposar los que habéis luchado. El sol que evoco sobre vuestras cabezas y que va a brillar en vuestras almas, no es el sol de los mortales; es la pura luz de Dionisos, el gran sol de aquí os trae, y si creéis en las palabras divinas, habéis vencido ya. Porque después del largo circuito de las existencias tenebrosas, saldréis por fin del círculo doloroso de las generaciones y os reconoceréis como un solo cuerpo, como una sola alma, en la luz de Dionisos. 

“La divina brasa que nos guía en la tierra, en nosotros está; ella se convierte en antorcha del templo, estrella en el cielo. Así se difunde la luz de la Verdad. Escuchad como vibra la Lira de siete cuerdas, la Lira de Dios… Ella hace mover los mundos. ¡Escuchad bien!; que el sonido os atraviese… y las profundidades de los cielos se abrirán”.

“¡Auxilio de los débiles, consuelo de los que sufren, esperanza de todos! Pero desdichados de los malvados, de los profanos, pues serán confundidos. Porque en el éxtasis de los Misterios, cada uno ve hasta el fondo del alma de los demás. ¡Los malvados se aterrorizan y los profanos mueren!”.

“Y ahora que Dionisos ha brillado sobre vosotros, invoco al Eros celeste y todopoderoso. Que ti esté en vuestros amores, en vuestros llantos y en vuestras alegrías. Amad; pues todo ama, los Demonios del abismo y los Dioses del Éter. Amad; pues todo ama. Pero amad la luz y no las tinieblas. Recordad el objeto de vuestro viaje. Cuando las almas vuelven a la luz, ellas llevan como asquerosas manchas, sobre su cuerpo sideral, todas las faltas de su vida… Y para borrarlas, es preciso que expíen y que vuelvan a la tierra…

Pero los puros, los fuertes, marchan hacia el sol de Dionisos”.

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Bouguereau – el antro de las ninfas

“Y ahora, cantad el Evohé!”.

¡Evohé!, gritaron los heraldos en las cuatro esquinas del templo, ¡Evohé!, y los címbalos comenzaron a tocar. ¡Evohé!, respondió la entusiasta asamblea agolpada en las escaleras del santuario. El grito de Dionisos, el llamamiento sagrado al renacimiento, a la vida, retumbó en los valles repetidos por mil pechos, reforzado por los ecos de las montañas. Y los pastores de las gargantas salvajes del Ossa, que con sus rebaños se hallaban a lo largo de las altas selvas, cerca de las nubes, respondieron: ¡Evohé!

(El grito iEvohé!, que se pronunciaba en realidad: He-Vau-He, era la voz sagrada de todos los iniciados del Egipto, de Judea, de la Fenicia, del Asia Menor y de la Grecia. Las cuatro letras sagradas pronunciadas: Iod- He, Vau-He, representaban a Dios en su fusión eterna con la Naturaleza; ellas abarcaban la totalidad del Ser, el Universo viviente. Iod (Osiris) significaba la divinidad propiamente dicha, el intelecto creador, el Eterno Masculino que está en todo, en todo, en todas partes y sobre todo. He-Vau- He representaba el Eterno Femenino, Eva, Isis, la Naturaleza, bajo todas las formas visibles e invisibles, fecundadas por él. La más alta iniciación, la de las ciencias teogónicas y de las artes teúrgicas, correspondía a cada una de las letras Evé. Como Moisés, Orfeo reservó las ciencias que corresponden a la letra Iod (Jove, Zeus, Júpiter), y la idea de la unidad de Dios a los iniciados del primer grado, tratando de dar esta idea al pueblo por medio de la poesía, por las artes y sus vivientes símbolos. Por eso la palabra ¡Evohé! era abiertamente proclamada en las fiestas de Dionisos, en las que se admitía, además de los iniciados, a los simples aspirantes a los misterios).

(Aquí aparece toda la diferencia entre la obra de Moisés y la de Orfeo. Ambas parten de la iniciación egipcia y poseen la misma verdad, pero, la aplican en opuesto sentido. Moisés, ásperamente, celosamente, glorifica al Padre, al Dios masculino, confía su custodia a un sacerdocio cerrado, y somete al pueblo a una disciplina implacable, sin revelación. Orfeo, enamorado de un modo divino del Femenino eterno, de la Naturaleza, la glorifica en nombre de Dios que la penetra, y a quien quiere hacer surgir en la humanidad divina. Y he aquí por qué el grito de ¡Evohé! se convirtió en el grito sagrado por excelencia en todos los misterios de Grecia). 

La fiesta había huido como un sueño; había llegado la noche. Las danzas, los cánticos y las plegarias, se habían desvanecido en una niebla de rocío. Orfeo y su discípulo descendieron por una galería subterránea a la cripta sagrada que se prolongaba en el corazón de la montaña, y de la cual únicamente el hierofante conocía la entrada. Allí era donde el inspirado de los Dioses se dedicaba a sus solitarias meditaciones, o perseguía con sus adeptos la realización de las altas obras de la magia y de la teúrgia.

A su alrededor se extendía un espacio vasto y cavernoso. Dos antorchas plantadas en tierra, sólo iluminaban vagamente los muros agrietados y las profundidades tenebrosas. A algunos pasos de allí, una grieta negra se abría en el suelo; un viento cálido salía de ella, y aquel abismo parecía descender a las entrañas de la tierra. Un pequeño altar, donde ardía un fuego de laurel seco, y una esfinge de pórfido, guardaban sus bordes. Muy lejos, a una altura inconmensurable, la caverna dejaba ver el cielo estrellado por una hendidura oblicua. Aquel pálido rayo de luz azulado parecía el ojo del firmamento sumergiéndose en aquel abismo.

Alma Tadema - Bacante

Alma Tadema – Bacante

— Has bebido en las fuentes de la luz santa — dijo Orfeo —, has entrado con corazón puro en el seno de los misterios. Ha llegado la hora solemne en que voy a hacerte penetrar hasta los manantiales de la vida y de la luz. Los que no han levantado el espeso velo que recubre a los ojos de los hombres las maravillas invisibles, no han llegado a ser hijos de los Dioses. “Escucha, pues, las verdades que es preciso callar a la multitud y que constituyen la fuerza de los santuarios”.

“Dios es uno y siempre semejante a sí mismo. Él reina en todas partes. Pero los Dioses son innumerables y diversos; porque la divinidad es eterna e infinita. Los más grandes son las almas de los astros. Soles, estrellas, tierras y lunas, cada astro tiene la suya, y todas han salido del fuego celeste de Zeus y de la luz primitiva. Semiconscientes, inaccesibles, incambiables, ellas rigen al gran todo de sus movimientos regulares. Más cada astro arrastra en su esfera etérea falanges de semidioses que fueron en otro tiempo hombres y que, después de haber descendido la escala de los reinos, han remontado gloriosamente los cielos para salir por fin del círculo de las generaciones. Por estos divinos espíritus Dios respira, obra, aparece; ¿Qué digo?: ellos son el soplo de su alma viviente, los rayos de su conciencia eterna. Ellos gobiernan a los ejércitos de los espíritus inferiores, que vigorizan a los elementos; ellos dirigen los mundos. De lejos, de cerca, ellos nos rodean, y aunque de esencia inmortal, revisten formas siempre cambiantes, según los pueblos, los tiempos y las regiones.

El impío que los niega, los teme; el hombre piadoso, los adora sin conocerlos; el iniciado los conoce, los atrae y los ve. Si he luchado para encontrarlos, si he desafiado a la muerte, si, como se dice, he descendido a los infiernos, fue para dominar a los demonios del abismo, para atraer a los dioses de las alturas sobre mi Grecia amada, para que el cielo profundo se una con la tierra, y la tierra encantada escuche las voces divinas. La belleza celeste se encarnará en la carne de las mujeres, el fuego de Zeus circulará a través de la sangre de los héroes; y mucho antes de remontarse a los astros, los hijos de los Dioses resplandecerán como Inmortales”.

“¿Sabes lo que es la Lira de Orfeo? Es el sonido de los templos inspirados. Ellos tienen por cuerdas a Dios. A su música, Grecia se armonizará como una lira, y el mármol mismo cantará en brillantes cadencias, en celestes armonías”.  

Alma Tadema - mujer griega

Alma Tadema – mujer griega

“Y ahora evocaré a mis Dioses, para que te aparezcan vivos y te muestren, en una visión profética, el místico himeneo que preparo al mundo y que verán los iniciados”.

“Acuéstate al abrigo de aquella roca. Nada temas. Un sueño mágico va a cerrar tus párpados, temblarás al pronto y verás cosas terribles; pero en seguida, una luz deliciosa, una felicidad desconocida, inundará tus sentidos y tu ser”.

El discípulo se acostó en el nicho excavado en la roca en forma de lecho. Orfeo lanzó algunos perfumes sobre el fuego del altar. Luego cogió su cetro de ébano, provisto en el extremo de un cristal flameante, se colocó cerca de la esfinge y, llamando con voz profunda, comenzó la evocación:

“¡Cibeles!, ¡Cibeles!, Gran madre, óyeme. Luz original, llama ágil, etérea y siempre movible a través de los espacios, que contienes los ecos y las imágenes de todas las cosas. Yo llamo a tus corrientes fulgurantes de luz. ¡Oh alma universal, incubadora de los abismos, sembradora de soles, que dejas arrastrar en el Éter tu manto estrellado; luz sutil, oculta, invisible a los ojos de carne; gran madre de los Mundos y de los Dioses, tú que encierras los tipos eternos! ¡Antigua Cibeles! ¡A mí! ¡A mí!… Por mi cetro mágico, por mi pacto con las Potencias, por el alma de Eurídice… Yo te evoco, Esposa multiforme, dócil y vibrante, bajo el fuego del Varón eterno. De lo más alto de los espacios, de lo más profundo de tus efluvios. Rodea al hijo de los Misterios con una muralla de diamante, y hazle ver en tu seno profundo los Espíritus del Abismo, de la Tierra y de los Cielos”.

Bouguereau - Bacante sobre una pantera

Bouguereau – Bacante sobre una pantera

A estas palabras, un trueno subterráneo conmovió las profundidades del abismo, y toda la montaña tembló. Un sudor frío heló el cuerpo del discípulo.

Ya no veía a Orfeo más que a través de una humareda creciente. Por un instante, trató de luchar contra un poder formidable que le dominaba. Pero su cerebro quedó sumergido; su voluntad, aniquilada. Tuvo las angustias de un ahogado que traga el agua a pleno pecho, y cuya horrible convulsión termina en las tinieblas de la inconsciencia. Cuando volvió al conocimiento, la noche reinaba a su alrededor; una noche mitigada por un semidía tortuoso, amarillento y de cieno. Miró largo tiempo sin ver nada. Por momentos sentía su piel rozada como por invisibles murciélagos. Por fin, vagamente creyó ver moverse en aquellas tinieblas formas monstruosas de centauros, de hidras, de gorgonas. Pero la primera cosa que divisó distintamente, fue una gran figura de mujer sentada sobre un trono.

Estaba envuelta en un largo velo de fúnebres pliegues, sembrado de estrellas pálidas, y llevaba una corona de adormideras. Sus grandes ojos abiertos velaban inmóviles. Masas de sombras humanas se movían a su alrededor como pajarillos fatigados y murmuraban a media voz: “Reina de los muertos, alma de la tierra. ¡Oh Perséfona!. Nosotras somos hijas del cielo. ¿Por qué estamos sumidas en el reino de las sombras? ¡Oh segadora del cielo! ¿Por qué has cogido nuestras almas que volaban antes felices en la luz, entre sus hermanas, en los campos del éter?

Perséfona respondió: “He cogido el narciso, he entrado en el lecho nupcial. He bebido la muerte con la vida. Como vosotras, yo gimo en las tinieblas.

— ¿Cuándo seremos libertadas? — dijeron las almas gimiendo.

— Cuando llegue mi esposo libertador — respondió Perséfona.

Entonces aparecieron mujeres terribles. Sus ojos estaban inyectados de sangre, sus cabezas coronadas de plantas venenosas. Alrededor de sus brazos, de sus talles medio desnudos, se retorcían serpientes que manejaban a su guisa de fustas: “¡Almas, espectros, larvas! — Decían con voz silbante —, no creáis a la reina insensata de los muertos. Somos las sacerdotisas de la vida, tenebrosas, siervas de los elementos y de los monstruos de abajo, Bacantes en la tierra, Furias en el Tártaro. Somos nosotras vuestras reinas eternas, almas infortunadas. No saldréis del círculo maldito de las generaciones; nosotras os haremos entrar en él con nuestros látigos. Torceos para siempre entre los anillos sibilantes de nuestras serpientes, en los nudos del deseo, del odio y del remordimiento”. Y se precipitaron, desgreñadas, sobre el rebaño de las almas asustadas, que se pusieron a girar en los aires bajo sus latigazos como un torbellino de hojas secas, lanzando grandes gemidos. A esta vista, Perséfona palideció; parecía un fantasma lunar. Murmuró: 

Bouguereau - Malicia

Bouguereau – Malicia

“El cielo…, la luz…, los Dioses…, ¡un sueño!… Sueño, sueño eterno”. Su corona de adormideras se secó; sus ojos se cerraron con angustia. La reina de los muertos cayó en letargo sobre su trono, y luego todo desapareció en las tinieblas.

La visión cambió. El discípulo de Delfos se vio en un valle espléndido y verdeante. El monte Olimpo en el fondo. Ante un antro negro, dormitaba sobre un lecho de flores la bella Perséfona. Una corona de narcisos reemplazaba en sus cabellos a la corona de las adormideras fúnebres, y la aurora de una vida renaciente esparcía sobre sus mejillas un tinte ambrosiaco. Sus trenzas negras caían sobre sus hombros de un blanco brillante, y las rosas de su seno, suavemente elevadas, parecían llamar los besos de los vientos. Las ninfas danzaban en una pradera. Pequeñas nubes blancas viajaban por el azul del cielo. Una lira cantaba en un templo… A su voz de oro, a sus ritmos sagrados, el discípulo oyó la música íntima de las cosas. Porque de las hojas, de las ondas, de las cavernas, salía una melodía incorpórea y tierna; y las voces lejanas de las mujeres iniciadas que guiaban sus coros a las montañas, llegaban a su oído en cadencias quebradas. Unas, desesperadas, llamaban al Dios; las otras creían divisarlo al caer, medio muertas de fatiga, en el borde de las selvas.

Bouguereau_-_bañadora

Bouguereau – bañadora

Por fin el cielo se abrió en el cenit para engendrar en su seno una nube brillante. Como un ave que un instante se cierne y luego cae a tierra, el Dios, con su tirso, bajó y vino a posarse ante Perséfona. Estaba radiante; sus cabellos sueltos; en sus ojos se insinuaba el delirio sagrado de los mundos por nacer. Por largo tiempo la contempló; luego extendió su tirso sobre ella. El tirso rozó su seno; ella sonrió. El tocó su frente; ella abrió los ojos, se levantó lentamente y miró a su esposo. Aquellos ojos, llenos aún del sueño del Erebo, brillaron como estrellas. “¿Me reconoces? —dijo el Dios —. ¡Oh Dionisos! —

Dijo Perséfona —, Espíritu divino, Verbo de Júpiter, Luz celeste que resplandece bajo la forma humana…, cada vez que me despiertas, creo vivir por la vez primera, los mundos renacen en mi recuerdo; el pasado, el futuro, se vuelve el inmortal presente; y siento en mi corazón irradiar el Universo”.

Al mismo tiempo, sobre las montañas, en un lindero de las nubes plateadas, aparecieron los Dioses curiosos e inclinados hacia la tierra. Abajo, grupos de hombres, de mujeres y de niños salidos de los valles, de las cavernas, miraban a los Inmortales en un embeleso celeste. Himnos inflamados subían de los templos con oleadas de incienso. Entre la tierra y el cielo se preparaba uno de esos esponsales que hacen concebir a las madres héroes y dioses. Ya un matiz rosáceo se había difundido por el paisaje; ya la reina de los muertos, transformada en la divina segadora, subía hacia el cielo arrebatada en los brazos de su esposo. Una nube purpúrea los envolvió, y los labios de Dionisos se posaron sobre la boca de Perséfona… Entonces, un inmenso grito de amor salió del cielo y de la tierra, como si el estremecimiento sagrado de los Dioses, pasando sobre la gran lira, quisiera desgarrar todas sus cuerdas, lanzar sus sonidos a todos los vientos. Al mismo tiempo, brotó de la divina pareja una fulguración, un huracán de luz cegadora… Y todo desapareció.  Por un momento, el discípulo de Orfeo se sintió como abismado en la fuente de todas las vidas, sumergido en el sol del Ser. Pero sumergido en su brasa incandescente, volvió a subir con sus alas celestes y, como relámpago, atravesó los mundos para alcanzar en los límites el sueño extático del Infinito. Cuando volvió a sus sentidos corporales, estaba sumido en la negra oscuridad. Una lira luminosa brillaba sola en las tinieblas. Ella huía, huía, y se convirtió en estrella. Entonces, únicamente, el discípulo vio de que estaba en la cripta de las evocaciones, y que aquel punto luminoso era la hendidura lejana de la caverna abierta, hacia el firmamento.

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Bouguereau – la noche

Una gran sombra estaba en pie ante él. Reconoció a Orfeo en sus largos bucles y en el cristal flamígero de su cetro.

— Hijo de Delfos, ¿de dónde vienes? — dijo el hierofante.

— ¡Oh maestro de los iniciados, celeste encantador, maravilloso Orfeo!, he tenido un sueño divino. ¿Habrá sido un encanto, o un don de los Dioses?

¿Qué ha pasado? ¿Ha cambiado el mundo? ¿Dónde estoy ahora?

Bouguereau - la juventud de baco

Bouguereau – la juventud de Baco

— Has conquistado la corona de la iniciación y has vivido en mi sueño: ¡la Grecia inmortal! Pero, salgamos de aquí; porque para que todo se cumpla es preciso que yo muera y que tú vivas

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