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“En vano un temerario autor procura

Del Parnaso llegar a la altura

Sin el celeste influjo, y si Poeta

Benigno, y favorable a su Planeta,

Al tiempo de nacer no le ha formado,

Cautivo dentro del genio limitado,

Febo le será sordo, y el Pegaso

Rebelde le será, no dará paso. “

arte poética

¿Qué es ese celeste influjo del que habla el “Legislador del Parnaso”? Podríamos aventurarnos a decir que es algo que trasciende los esfuerzos y artificios del Poeta; No solamente viene con él por natural disposición de su ser, sino que es un constante llamado que siente en su pecho, una conexión con fuerzas celestiales allende el entendimiento, al cual él debe hacer caso, por más que le cueste el malestar mundano si es que no quiere atraer sobre sí la verdadera desgracia, la interior.

No obstante, ese celeste influjo, que otorga la gracia de la “inventio” de la que nos hablaba Quintiliano, no es suficiente para formar un cabal poeta, ya que éste necesita además la adecuada instrucción a través de los sabios preceptos. Francisco Sánchez, en su tratado de Poética, nos dice lo siguiente:

¿Qué sirve que el poeta esté dotado de una imaginación viva, fecunda, de un corazón sensible, de un oído delicado, si ignora los principios, el genio y el carácter de la lengua en que escribe? ¿Si carece de gusto, este sentimiento de lo que debe agradar o desagradar? ¿Si apropia a su objeto proporciones, contornos, movimientos, actitudes y coloridos que no le convienen? ¿Si no está iniciado en las ciencias y artes, para sacar de ella imágenes, alusiones, comparaciones con que amenizar y ennoblecer su asunto?

Si pues en el poeta deben concurrir instrucción, genio, juicio exquisito, gusto y oído delicados, viveza de imaginación y fuerza de sentimiento, exactitud en el pensar, fluidez, elegancia y robustez en el decir: gracia y franqueza en el colorido, negamos este nombre a los que sin tales requisitos se arrojan a metrizar

Apolo y Dafne, de Carlo Maratti

Apolo y Dafne, de Carlo Maratti

Por esta razón nuestra conclusión ha de ser que en el poeta ha de formar parte, tanto el Arte como la Naturaleza, el genio y el juicio. Sin la adecuada instrucción, el furor poético va por senderos extravagantes y se termina diluyendo inútilmente, y sin el celeste influjo, “Febo le será sordo” y el níveo corcel alado le será completamente indócil.

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