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No puede menos que turbarme el ánimo observar estos días aciagos donde la proximidad de una gran conflagración agita los corazones de los seres humanos y los hace palidecer. Hoy le toca a Siria sufrir estos terribles flagelos [Este artículo he escrito a finales de agosto, cuando la tensión en Siria estaba en su punto máximo], pero mañana pueden golpear nuestras puertas. Es inevitable preguntarse por qué el hombre actúa de esta forma, ¿Es así por naturaleza o la estructura social le condiciona a desarrollar estas conductas destructivas?, ¿La sociedad determina al hombre o es éste quien ha dado forma al entorno social a su imagen y semejanza?

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(Delacroix, la matanza de Quios)

 

Es éste un dilema parecido al que nos refiere sobre quién ha venido primero, si fue el huevo o la gallina. No es posible determinar quién tiene más preeminencia ya que se trata de un encadenamiento continuo.

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(Delacroix, La justicia de Trajano)

 

Algunos sostienen que existe una naturaleza humana, de carácter inmutable y estática, que ha dado forma a las instituciones sociales a lo largo de la historia, imprimiendo siempre su particular sello de egoísmo y codicia. Y arguyen luego, que el sistema democrático liberal en la política junto al capitalismo en lo económico, es el fiel reflejo de la naturaleza humana, razón por cual dicho sistema ha terminado prosperando y es el que nos brinda un verdadero progreso. Hurgando más atrás en el tiempo, encontraremos los fundamentos ideológicos de este sistema actual. Está basado en una visión del hombre esencialmente conflictiva, quien en un “Estado de Naturaleza” manifiesta una conducta egoísta, de guerra entre todos, donde los fuertes oprimen a los débiles, y en donde se hace necesario un poder central que establezca la concordia entre todos.

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(Bouguereau, Retrato de Leonine)

 

No seré yo quien dé una respuesta a esta visión, ya que la misma fue respondida siglos atrás por Rousseau en su famoso Discurso sobre el origen de la desigualdad. En el prefacio, manifiesta esta inquietud:

“¿Y cómo podrá llegar a verse el hombre tal como lo ha formado la naturaleza, a través de todos los cambios que la sucesión de los tiempos y de las cosas han debido producir en su constitución original, y a distinguir lo que tiene de su propio fondo de lo que las circunstancias y sus progresos han cambiado o añadido a su estado primitivo? Semejante a la estatua de Glaucos, que el tiempo, el mar y las tempestades habían desfigurado de tal modo que menos se parecía a un dios que a una bestia salvaje, el alma humana, modificada en el seno de la sociedad por mil causas que renacen sin cesar, por la adquisición de una multitud de conocimientos y de errores, por las transformaciones ocurridas en la constitución de los cuerpos y por el continuo choque de las pasiones, ha cambiado por decir así, de apariencia, hasta el punto de que apenas puede ser reconocida, y no se encuentra ya, en lugar de un ser obrando siempre conforme a principios ciertos e invariables, en lugar de la celestial y majestuosa simplicidad de que su Autor la había dotado, sino el disforme contraste de la pasión que cree razonar y del entendimiento en delirio.”

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(Bouguereau, El día de la muerte)

 

Poco es lo que puede agregarse ante tan lúcido pensamiento. Posteriormente, nos advierte Rousseau que: “No es ligera empresa distinguir lo que hay de originario y lo que hay de artificial en la naturaleza actual del hombre.”

Podríamos comenzar preguntándonos qué es lo que entendemos por naturaleza humana. Ciertamente tenemos necesidades básicas que satisfacer para vivir. Esta satisfacción de necesidades requiere una conducta específica. Esta conducta varía de acuerdo a lo que el entorno social considera válido a la hora de distribuir los recursos necesarios para supervivencia. Si yo viviese en un ámbito donde para sobrevivir debo mentir, adular, servir, robar y si es posible, matar, pues mentiré y adularé, seré servil con mis superiores, y robaré cuando tenga la oportunidad; Y en casos extremos, si las circunstancias me presionan, mataré. Ya no habrá precepto racional o moral religiosa que pueda detener este curso de acción. En cambio si la sociedad me ofrece agradables recompensas por ser honesto y virtuoso, y premia otorgándome recursos por mis méritos, y por otra parte me amenaza con terribles castigos si rompo estas normas, pues me veré forzado a seguirlas.

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(Bouguereau, La flagelación de Nuestro Señor Jesucristo)

 

La naturaleza humana me dicta que debo satisfacer mis necesidades, pero no me muestra la forma en que debo hacerlo ni el curso de acción que debo tomar, ya que la sociedad lo hace. Por esa razón, carece de todo sentido suponer una naturaleza humana cargada con los vicios sociales  que vemos a nuestro alrededor, y Rousseau sabía muy bien esto cuando decía que todos, en fin, nos encontramos “hablando sin cesar de necesidad, de codicia, de opresión, de deseo y orgullo, transfiriendo al Estado de Naturaleza ideas tomadas de la sociedad; Hablaban del hombre salvaje y describían al hombre civil”.

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(Bouguereau, la lavandera)

 

Esta quimera de la naturaleza humana ha servido para justificar las más atroces tiranías imaginables, y las más aborrecibles formas de esclavitud. De alguna extraña manera ha permeado una terrible confusión entre aquellas desigualdades dotadas por la naturaleza y aquellas otras desigualdades que el orden civil, político y económico ha instaurado. Rousseau nos esclarece este aspecto:

“Considero en la especie humana dos clases de desigualdades: Una, que yo llamo natural o física porque ha sido instituida por la naturaleza, y que consiste en las diferencias de edad, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma; otra, que puede llamarse desigualdad moral o política porque depende de una especie de convención y porque ha sido establecida, o al menos autorizada, con el consentimiento de los hombres. Esta consiste en los diferentes privilegios de que algunos disfrutan en perjuicio de otros, como el ser más ricos, más respetados, más poderosos y hasta el hacerse obedecer”.

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(Bouguereau, la Igualdad ante la muerte)

 

Aquí resulta evidente que todo aquello con que la naturaleza me ha dotado es lo que yo soy, mientas que todos los accesorios, objetos, recursos, incluyendo los roles que debo interpretar, la respetabilidad social, el honor y la fama, constituyen, en suma, todo aquello que yo poseo. Y el hecho de que todos tengamos recursos iguales no significa que todos debamos ser iguales. Pero el que escribe este artículo no es partidario de la igualdad en la repartición de los bienes, sino que, como pensaba Rousseau, nadie sea tan rico como para comprar a un ser humano ni nadie tan pobre como para venderse. El lujo y la ociosidad de unos pocos implican la miseria y la esclavitud de muchos.

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(Bouguereau, Familia indigente)

 

Para finalizar por ahora este tema, que nos ocupará de nuevo en el futuro, dejo un último fragmento de Rousseau:

“La extrema desigualdad en el modo de vivir, el exceso de ociosidad en unos y de trabajo en otros, la facilidad de excitar y satisfacer nuestros apetitos y nuestra sensualidad, los alimentos tan apreciados de los ricos, que los nutren de substancias excitantes y los colman de indigestiones; la pésima alimentación de los pobres, de la cual hasta carecen frecuentemente, carencia que los impulsa, si la ocasión se presenta, a atracarse ávidamente; Las vigilias, los excesos de toda especie, los transportes inmoderados de todas las pasiones, las fatigas y el agotamiento espiritual, los pesares y contrariedades que se sienten en todas las situaciones, los cuales corroen perpetuamente el alma: he ahí las pruebas funestas de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, casi todas las cuales hubiéramos evitado conservando la manera de vivir simple, uniforme y solitaria que nos fue prescrita por la naturaleza.”

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(Delacroix, relato de Aspasia)

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