Etiquetas

Hoy escribiré acerca de una reflexión que me ha llamado mucho la atención. Me ha sorprendido no solamente por su sencillez y contundencia, sino por esa elocuencia desapasionada que expresaba verdades armoniosas, propia del hombre científico del siglo de las luces, o quizás, del hombre que comenzaba a descubrir el apasionante mundo de las ciencias naturales.

Imagen

(Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez, de Antonio Carnicero)

Me encontraba hojeando el “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, de Rousseau, obra que nunca debió ser opacada por su famoso Contrato Social (según mi parecer, se trata de una obra más interesante que ésta última). En el prefacio, afirmaba lo siguiente:

El conocimiento del hombre me parece el más útil y el menos adelantado de todos los conocimientos humanos, y me atrevo a decir que la inscripción del Templo de Delfos contenía por sí sola un precepto más importante y más difícil que todos los gruesos volúmenes de los moralistas.

En la mitad de esta frase nos remite Rousseau a una nota, en donde cita una obra llamada “Historia Natural de la Naturaleza del Hombre”. Se trata de esas obras ignoradas por las generaciones actuales, que seguramente uno encontraría desempolvando libros antiguos en algún recoveco de una importante biblioteca. La reflexión de esa obra es la que ha sido objeto de mis cavilaciones entre estos días:

Provistos por la naturaleza de órganos destinados únicamente a nuestra conservación, no los empleamos más que en percibir las impresiones exteriores; No procuramos más que exteriorizarnos y existir fuera de nosotros. Demasiado ocupados en multiplicar las funciones de nuestros sentidos, y en aumentar la dilatación de nuestro ser, raramente hacemos uso de ese sentido interior que nos reduce a nuestras verdaderas dimensiones y que separa de nosotros todo lo que no nos toca o afecta de alguna manera. Es, sin embargo, de ese sentido del cual debemos servirnos si queremos convencernos, y el único por medio del cual podemos juzgarnos. Más, ¿Cómo dar a este sentido su actividad y toda su extensión? ¿Cómo desprender nuestra alma, en la cual reside, de todas las ilusiones de nuestro espíritu? Hemos perdido las costumbres de emplearlas, dejándola sin ejercicio en medio del tumulto de nuestras sensaciones corporales; La hemos consumido por el fuego de nuestras pasiones; El corazón, el espíritu, los sentidos, todo ha trabajado contra ella.

Esto era la ciencia del siglo XVIII, una ciencia optimista pero humilde, sin la soberbia que caracteriza a la ciencia actual; Una ciencia que, lejos de las elucubraciones materialistas de nuestra época, se encontraba unida, a través de un saludable cordón umbilical, con su madre la Filosofía, a quien posteriormente despreciaría y renegaría.

Imagen

(Lección de anatomía, de Rembrandt)

Hoy la ciencia nos brinda comodidades, lujos, nos permite vivir más tiempo, pero también, nos da cada día armas más sofisticadas para destruirnos entre nosotros. La ciencia, unida a la filosofía, debería servir para lo que Rousseau ha llamado “el más útil y el menos adelantado de todos los conocimientos humanos”, es decir, lo que nos enseñaría la famosa inscripción del Templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, conocernos a nosotros mismos, la más difícil de todas las tareas, sin embargo la que más dicha nos trae.

Imagen

(La apacible morada, de Levitan)

Empecinados como estamos en vivir exclusivamente de impresiones del mundo exterior, “dilatamos nuestro ser”, es decir, inflamos nuestro Ego con placeres y deseos, forjándonos metas y sueños que dependen de circunstancias que creemos controlar. Hablando vulgarmente, vivimos de afuera para dentro, en vez de dentro para fuera, forma esta última que la sabiduría nos recomienda. Dependemos fuertemente, así, de lo que nos sucede alrededor, convirtiéndonos en títeres de nuestro entorno. Y nuestro humor, de esta manera, se convertirá en algo inconstante e incontrolable. El Ego, alimentado con insanos apetitos, sucumbirá ante una falsa sobre estimación de su poder, y los caprichos de la fortuna lo hará trizas tarde o temprano.

Imagen

(Por las profundas aguas, de Levitan)

La Cita más arriba nos advierte que “raramente hacemos uso de ese sentido interior que nos reduce a nuestras verdaderas dimensiones”, ¿Cuáles verdaderas dimensiones? Pues al hecho de que no somos más que una gota de agua en un vasto océano. Ese “sentido interior”, que no es otra cosa que la capacidad innata de reflexión, representa auténtica fuerza liberadora, que nos libra de ser simples veletas de las circunstancias, y que nos ayuda a comprender la vida, y por sobre todas las cosas, a nosotros mismos.

Imagen

(Vista de los alrededores de San Petersburgo, de Shishkin)

Espero poder ir encontrándome con sabias reflexiones como esas, a fin de compartirlas.

Anuncios