Un tema que une siempre tanto a místicos, filósofos y escritores, es la búsqueda de una paz interior, a través de una vida retirada, es decir, alejada de los vaivenes que la urbanidad plantea. La ciudad, con todas sus necesidades ficticias que nos aprisionan en un mundo ilusorio, es hasta un obstáculo para esa unión y vínculo con la naturaleza, tan necesaria a nuestro espíritu. La ciudad, es por sobre todas las cosas, lucha. Lucha interna, lucha feroz, contra todo tipo de tentaciones exteriores e interiores. Muchos preferirán quedarse en esta lucha, mientras otros elegirán alejarse de estos muros que hemos construido, muros que nos dividen y nos alienan.

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(Paisaje con anacoreta, de Lorrain)

En la vida retirada, ¿Qué encontramos? Pues nos encontramos a nosotros mismos. Allí realizamos labores más gratificantes y menos degradantes que en la ciudad; Perdemos menos tiempo con el tráfico y otros trajinares; Respiramos más aire puro y dejamos de escuchar ruidos estridentes y malsonantes; Podemos dedicarnos más tiempo a aquello que nos gusta, ya sea aficiones literarias, artísticas, musicales o filosóficas; Y también, estamos más tiempo con nuestras familias, vemos crecer a nuestros hijos. Esto no ocurre en la gran ciudad, donde siempre estamos moviéndonos. Nos movemos acá y acullá, siempre en busca de algo que no poseemos, sin llenar nunca una especie de vacío que en realidad no existe.

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(Colmenar en el bosque, de Shishkin)

En la ciudad pensamos siempre en el futuro, sin disfrutar del presente. Siempre buscamos acumular más y más, y gastamos todo nuestro tiempo en ello. Y a medida que gastamos más nuestro tiempo trabajando para obtener cosas, menos tiempo nos queda para disfrutar de las cosas que poseemos. En vez de trabajar para vivir, allí vivimos para trabajar. El trabajo pasa a convertirse en el aspecto central de nuestras vidas. Somos aquello a lo que nos dedicamos. Sin tiempo, por supuesto, para reflexionar sobre nuestras vidas y disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas que la naturaleza nos ofrece. El resto de nuestras actividades no se vuelven más que un “hobby”, un pasatiempo, mientras que lo primordial es nuestra profesión. En esa situación no vemos crecer a nuestros hijos, ya que preferimos enviarlos a colegios que le retengan el mayor tiempo posible, para poder seguir trabajando para acumular más y más. Y llega así el final de nuestras vidas, con muchos objetos acumulados pero sin haber disfrutado auténticamente de ellos; Con una salud maltrecha de tanto trabajar a un ritmo exasperante; Con una sensación de no haber hecho nada verdaderamente importante en la vida.

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(Noche, de Lorrain)

¿Cómo podríamos salir de este círculo vicioso de falsas necesidades que la ciudad nos impone? Pues optando por una vida retirada. Concienciarnos de que no necesitamos un shopping, una discoteca o un club para ser felices; No necesitamos un supermercado para aprovisionarnos con todo aquello que necesitamos para vivir; No necesitamos televisión con cable y demás elementos que perturban nuestra mente, bombardeándonos con información innecesaria. Debemos tener en cuenta que en cualquier nación que nos encontremos viviendo ahora mismo, hay más ciudades pequeñas que grandes urbes. Por ende, tenemos una infinidad de opciones para elegir donde podríamos llevar una vida retirada. Una ciudad pequeña de quinientos a dos mil habitantes o un poco más, es ideal para este propósito. En este tipo de lugares, la vida es mucho menos costosa, y uno podría realizar labores sencillas para mantenerse. Para lograr esto no se requiere más que alejarse de nuestra zona de comodidad que nos mantiene siempre aprisionados. Una pequeña ciudad es ideal para comenzar una vida retirada.

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(La gran cascada de Tivoli, de Fragonard)

Quizás mis palabras no hayan resultado muy elocuentes y persuasivas. Pero hubo un gran poeta que cantó con suaves y bellas palabras a la vida retirada. Este poeta quizás sea más convincente que mi pluma anquilosada:

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(Paisaje pastoral, de Lorrain)

Vida Retirada – Fray Luis de León

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal ruïdo

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

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(Paisaje de Polesia, de Shishkin)

Que no le enturbia el pecho

de los soberbios grandes el estado,

ni del dorado techo

se admira, fabricado

del sabio moro, en jaspes sustentado.

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(El Jardín de la Villa D’este, de Fragonard)

No cura si la fama

canta con voz su nombre pregonera,

ni cura si encarama

la lengua lisonjera

lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento

si soy del vano dedo señalado,

si en busca de este viento

ando desalentado

con ansias vivas y mortal cuidado?

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(Caminata en el bosque, de Shishkin)

¡Oh campo, oh monte, oh río!

¡Oh secreto seguro deleitoso!

roto casi el navío,

a vuestro almo reposo

huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,

un día puro, alegre, libre quiero;

no quiero ver el ceño

vanamente severo

de quien la sangre ensalza o el dinero.

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(Lluvia en un bosque de robles, de Shishkin)

Despiértenme las aves

con su cantar süave no aprendido,

no los cuidados graves

de que es siempre seguido

quien al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

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(Mediodía, de Lorrain)

Del monte en la ladera

por mi mano plantado tengo un huerto,

que con la primavera

de bella flor cubierto,

ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa

de ver y acrecentar su hermosura,

desde la cumbre airosa

una fontana pura

hasta llegar corriendo se apresura.

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(Amanecer, de Lorrain)

Y luego sosegada

el paso entre los árboles torciendo,

el suelo de pasada

de verdura vistiendo,

y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea,

y ofrece mil olores al sentido,

los árboles menea

con un manso ruïdo,

que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro

los que de un flaco leño se confían:

no es mío ver al lloro

de los que desconfían

cuando el cierzo y el ábrego porfían.

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(Paisaje, de Rubens)

La combatida antena

cruje, y en ciega noche el claro día

se torna; al cielo suena

confusa vocería,

y la mar enriquecen a porfía.

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(Recolección de setas, de Shishkin)

A mí una pobrecilla

mesa, de amable paz bien abastada

me baste, y la vajilla

de fino oro labrada,

sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-

mente se están los otros abrasando

en sed insacïable

del no durable mando,

tendido yo a la sombra esté cantando.

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(Paisaje con Acis y Galatea, de Lorrain)

A la sombra tendido

de yedra y lauro eterno coronado,

puesto el atento oído

al son dulce, acordado,

del plectro sabiamente meneado.

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