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Debemos volver a hablar del alma, la verdadera esencia de nuestro ser, sin importarnos las concepciones mecanicistas que nos obligan solo a mirar aquello que percibimos por nuestros sentidos. Esta concepción poco a poco va siendo dejada de lado, principalmente por las inquietudes que nos arroja los avances de la física, en lo que se refiere a las partículas más elementales de la materia. En los profundos abismos de lo infinitamente pequeño, ni siquiera sabríamos si hablar ya de “materia” o alguna que otra forma de energía. Es necedad, por esa razón, centrarse sólo en el mundo sensible, cuando es probado que sólo percibimos a penas un fragmento de la realidad. Inclusive esta palabra, “realidad”, es algo que podríamos cuestionarnos. Además, sabemos que nuestra mente muchas veces “construye” aquello que percibimos, y que cuestiones como el color, el olor y el sonido, llegan al cerebro en forma de señales eléctricas que luego son consecuentemente interpretadas, constituyendo eso, nuestra “realidad”.

Gottfried  Leibniz una vez habló sobre la necesidad de esclarecer dos tipos de verdades: Las verdades de hecho, y las verdades de razón. Las verdades de hecho son aquellas que provienen de nuestros sentidos, y son aquellas cosas que observamos y palpamos. Se caracterizan por ser verdades cambiantes, parciales y casi siempre incompletas. Las verdades de razón, por su parte, son aquellas que no necesitan corroboración empírica ya que son fruto de un pensamiento lógico, independiente de los sentidos. Estas dos verdades no son excluyentes, sino complementarias, ya que precisamos de ambas para poder conocer e interpretar el mundo, tal como Kant lo había dicho de forma incuestionable. Pero lo que nos debe llamar la atención es que las verdades de razón siempre han llevado a los filósofos a sostener la existencia del alma. Porque, si es que la realidad no es más que una ilusión; Si es que nuestro cerebro interpreta impulsos eléctricos sin poder acceder verdaderamente a lo que “está allí afuera”, entonces no nos queda más que una certeza: La certeza de que pensamos y que somos conscientes de la vida y de la muerte. Esto lo había formulado magistralmente Descartes con su célebre sentencia “pienso, luego existo”. Esta certeza implica que tenemos un “Yo”, un ser pensante, una “res cogitans” que percibe y comprende la “res extensa”.

Habíamos dicho anteriormente que sólo percibimos un fragmento de la realidad, y que posiblemente “varios mundos” no los podríamos percibir con nuestros sentidos. Algunos inclusive mencionan más dimensiones de las que conocemos. Puede que en esos lares, fuera de nuestra órbita de lo que momentáneamente nos es incomprensible y desconocido, encontremos muchas respuestas a nuestras interrogantes actuales. Puede que hallemos el puente de unión entre la Materia y la Conciencia y explicar este relacionamiento.  En varios artículos posteriores iremos desarrollando con más cabalidad esta idea.

Mientras tanto, esta certeza del alma, apoyada en las verdades de razón de los filósofos, debería enfocar toda nuestra atención. Cuando hablamos del alma, no podríamos prescindir del filósofo que mejor la ha retratado y que nos ha heredado las palabras más elocuentes sobre ella. Hablamos, por supuesto, de Platón. A continuación, citaré algunos extractos del Fedón, una de mis obras favoritas del filosófo:

“¿No decíamos que cuando el alma se sirve del cuerpo para considerar algún objeto, ya por la vista, ya por el oído, ya por cualquier otro sentido (porque la única función del cuerpo es atender a los objetos mediante los sentidos) se ve entonces atraída por el cuerpo hacia cosas que no son nunca las mismas; Se extravía, se turba, vacila y tiene vértigos, como si estuviera ebria; todo por haberse ligado a cosas de esta naturaleza?”

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(San Agustín, de Boticelli)

“Mientras que cuando ella [el alma] examina las cosas por sí misma, sin recurrir al cuerpo, se dirige a lo que es puro, eterno, inmortal, inmutable; Y como es de la misma naturaleza, se une y estrecha con ello cuanto puede y da de sí su propia naturaleza. Entonces cesan sus extravíos, se mantiene siempre la misma, porque está unida a lo que no cambia jamás, y participa de su naturaleza; Y éste estado del alma es lo que se llama sabiduría.”

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(San Agustín en su estudio, de Boticelli)

“Pero en cuanto a aproximarse a la naturaleza de los dioses, de ninguna manera es esto permitido a aquellos que no han filosofado durante toda su vida y cuyas almas no han salido del cuerpo en toda su pureza. Esto está reservado al verdadero filósofo. He aquí porqué, mi querido Simmias y  mi querido Cebes, los verdaderos filósofos renuncian a todos los deseos del cuerpo; se contienen y no se entregan a sus pasiones; no temen ni la ruina de su casa, ni la pobreza, como la multitud que está apegada a las riquezas; Ni temen la ignominia ni el oprobio, como los que aman las dignidades y los honores.”

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(Magdalena penitente, de Caravaggio)

“Los filósofos, al ver que su alma está verdaderamente ligada y pegada al cuerpo, y forzada a considerar los objetos por medio del cuerpo, como a través de una prisión oscura y no por sí misma, conocen perfectamente que la fuerza de este lazo corporal consiste en las pasiones, que hacen que el alma misma encadenada contribuya a apretar la ligadura. Conocen también que la filosofía, al apoderarse del alma en tal estado, la consuela dulcemente y la intenta desligarla, haciéndole ver que los ojos del cuerpo sufren numerosas ilusiones, lo mismo que los oídos y todos los demás sentidos; Le advierte que no debe hacer de ellos otro uso que aquel a que obliga la necesidad, y le aconseja que se encierre y se recoja en sí misma; Que no crea en otro testimonio que en el suyo propio, después de haber examinado dentro de sí misma lo que cada cosa es en su esencia.”

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(Santo Domingo, de Boticelli)

“El alma del verdadero filósofo, persuadida a que no debe oponerse a su libertad, renuncia, en cuanto le es posible, a los placeres, a los deseos, a las tristezas, a los temores, porque sabe que después de los grandes placeres, de los grandes temores, de las extremas tristezas y los extremos deseos, no sólo se experimentan los males sensibles que todo el mundo conoce, como las enfermedades o la pérdida del bien, sino el más grande y el último de todos los males, tanto más grande cuanto que no se deja sentir – ¿En qué consiste ese mal, Socrates? – En que obligada el alma a regocijarse o afligirse por cualquier objeto, está persuadida de que lo que causa este placer y esta tristeza es muy verdadero y muy real, cuando no lo es en manera alguna.”

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(Los cuatro filósofos, de Rubens)

“Porque cada placer y cada tristeza están armados de un clavo, por decirlo así, con el que sujetan el alma al cuerpo; y la hacen tan material, que cree que no hay otros objetos reales que los que el cuerpo le dice.”

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(Baco, de Caravaggio)

Esto no es solo filosofía, es Arte Filosófica. La ciencia moderna no hace más que ir confirmando de a poco estas grandes ideas.

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