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Esta misma pregunta se hacía Séneca en su obra “Sobre la Providencia”, una obra, como todas las de Séneca, que sirve para levantar nuestros ánimos precisamente cuando creemos que sufrimos mucho. Todos padecemos males, inevitablemente, pero el valor verdadero de una persona radica en cómo enfrenta a esos males. A estos efectos, no viene mal echar una mirada a la ética estoica, con el fin de observar otros puntos de vista, más antiguos, y que sin embargo, podría servir de fuentes valiosas para sobrellevar nuestra difícil vida contemporánea.

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(San Pablo, de Rubens)

Séneca decía:

¿Porqué suceden muchas cosas adversas a los hombres buenos? Ningún mal puede acaecer al hombre bueno, porque no se mezclan los contrarios. Así como tantos ríos, tantas lluvias caídas de lo alto, la fuerza de tantas fuentes medicinales no cambian el sabor del mar, ni lo atenúan siquiera, del mismo modo el ímpetu de la adversidad no trastorna el ánimo del varón fuerte. Permanece en su estado y todo cuanto le sucede lo cambia en su color, porque es más fuerte que todas las cosas externas. No digo que no las sienta, sino que las vence y además se levanta sereno y apacible contra las cosas que le atacan. Piensa que todas las adversidades son un ejercicio.

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(La masacre de los inocentes, de Rubens)

Y luego, Séneca pasa a hablar sobre los atletas, que se ejercitan en la dureza con el fin de mejorar sus cualidades, y exigen siempre competir con los mejores con el fin de probar sus fuerzas. Precisamente uno se fortalece en algo cuando lo ejercita mucho tiempo y con dureza. Mencionará también Séneca a los soldados que se enorgullecen de mostrar sus heridas de combate, como recuerdo de cómo sobrellevaron sus adversidades, y que ese recuerdo los fortalece.

“No resiste golpe alguno la felicidad que nunca fue herida, pero la que sostuvo constante pelea con las contrariedades, se encalleció con las injurias, y no se rinde a ningún mal, sino que, aún caída de rodillas, pelea.”

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(Retrato de una anciana, de Rembrandt)

En una parte de la obra, Séneca a penas da un atisbo de algo que resulta sumamente fundamental, con respecto a la educación de nuestros hijos. Da a entender que el mejor modo es educarlos en la dureza, para que aprendan a soportar los males de la vida, y que valoren las cosas buenas y que cuestan esfuerzo. En cambio, “dar todos los gustos” al hijo, evitar constantemente que conozcan el sufrimiento, predisponerlos siempre a los placeres y nunca a las asperezas, equivale a criar un monstruo, un tirano, un Calígula.

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(El jinete polaco, de Rembrandt)

“Las cosas prosperas suceden también a la plebe y a las almas viles; En cambio, dominar las calamidades y las cosas que son el temor de los mortales, es propio del hombre grande. Pero ser siempre feliz y pasar la vida sin ninguna mordedura en el alma, es ignorar la otra mitad de la naturaleza”.

Séneca es bien claro cuando dice que aquel cuyo ánimo nunca experimentó el sufrimiento, que vive siempre en la dulzura, es quien más padecerá cuando le toque en suerte las adversidades.

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(Santiago el menor, de Rubens)

La virtud es codiciosa de peligros y piensa en aquello a que ha de tender y no en la que ha de padecer, pues la que ha de padecer es también parte de la gloria.

La virtud por ende, no ha de tener como objetivo la búsqueda de placeres, sino la paz y la imperturbabilidad del sabio. Y la única forma de conocer bien a una persona es en las adversidades.

Has de conocer al piloto en la tempestad, al soldado en el combate. ¿Cómo puedo saber el ánimo que tengas para soportar en la pobreza, si abundas en riquezas? ¿Cómo puedo saber la constancia que tengas ante la ignominia y la infamia y el odio popular, si envejeces entre aplausos, si te sigue el favor del pueblo, irresistible y fácil por cierta inclinación de las mentes?

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(San Pablo encarcelado, de Rembrandt)

Y para terminar, Séneca nos exhorta algo más:

Huid de las delicias, huid de la enervadora felicidad, en la que los ánimos se ablandan y, como no les sobrevenga algo que les advierta cuál es la condición humana, permanecen aletargados como por una perpetua embriaguez.

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