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Tantas han sido las visiones sobre lo bueno y lo mejor que un hombre debería buscar en su vida. Algunos decían la felicidad, otros los placeres, la sabiduría o el valor guerrero. En las sociedades homéricas, esta última virtud era la más predominante, y la que todo hombre esforzado debía alcanzar. Tal fue la inspiración que sirvió de base a la educación espartana, una formación basada en la guerra y en el uso de la fuerza física. No obstante, si dicho sistema educativo era conveniente para los peligros externos, no lo era así para las sediciones internas, causas éstas muchos más peligrosas para la destrucción de las sociedades. Fue éste un tema abordado en Platón en su magnífica obra sobre las Leyes.

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(La terraza del Serrallo – Gerome)

Aquí el filósofo, ya en su etapa de vejez, no levantaba la mirada hacia el mundo de las Ideas en busca de un modelo ideal de gobierno, tan difícil de llevar a la práctica por la naturaleza codiciosa y lasciva de los hombres brutos que siempre son mayoría, sino que echaba su vista hacia los asuntos terrenos, en busca de leyes que sirviesen para regular la convivencia armónica en la sociedad.

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(Un café en el Cairo – Gerome)

Observa Platón que los conflictos internos son más peligrosos para la búsqueda de esta armonía, ya que resultan más devastadores que cualquier invasión externa. De esta manera, se propone ver las causas de toda sublevación de las pasiones que amenaza el tejido interno de la sociedad. Y encuentra en una educación ineficaz la respuesta a ello. El modelo de los lacedemonios, que inculcaba a los individuos la victoria sobre los miedos y temores, si bien le parecía correcta en un principio, ahora se le antojaba insuficiente.

Dejaremos ahora que nos cautive la pluma poética del filósofo, que decía así, en el Libro I, párrafo 633d: “¿Qué sentaremos que es el valor? ¿Diremos simplemente que es la lucha contra miedos y dolores o también contra deseos y placeres y ciertas terribles seducciones de la lisonja que hacen de cera los corazones, aún de los de aquellos que se tienen por hombres venerables?”

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(La muerte de Sardanápalo – Delacroix)

Ante tan magnífica pregunta retórica, cabría preguntarnos si nos parece correcta la forma en que enfocamos nuestra educación para la vida. Quizá, aquella que solo anhela la obtención estéril de conocimiento, sin intentar producir hombres sabios y que sepan gobernarse a sí mismos, no sea más que una educación que conlleve siempre a todo tipo de sediciones, y que represente la causa del eterno caos social que nos rodea. Vivimos en un mundo que elogia demasiado a la opulencia, y sus corolarios, los bienes materiales que no hacen más que empobrecernos espiritualmente.

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(Mercado de esclavos – Gerome)

La clave para luchar contra esto está en la búsqueda de los verdaderos bienes, que se dividen, según el filósofo, en dos clases, los bienes del cuerpo y los bienes del alma. Son bienes del cuerpo la salud, la hermosura, la fuerza, y un tipo de riqueza, “no la riqueza ciega, sino la de vista aguda, que toma por guía a la razón, la cual es a su vez la capitana de los bienes divinos” (631c). Y entre los valores del alma, es la templanza acompañada de la reflexión, la justicia y el valor mismo. Son estos bienes, tanto corporales como espirituales, los que otorgarán la verdadera dicha y libertad a cualquier persona que aspira a vivir en plena felicidad con uno mismo, y con el mundo. La obtención de estos dos tipos de bienes permitirá a una persona poder gobernarse a sí mismo, una de las mayores metas del hombre sabio. Solo el que puede gobernarse a sí mismo no será esclavo de sus pasiones, y por ende, el único que será capaz de verdaderos actos de justicia y bondad.

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(Friné ante el Areópago – Gerome)

Por otra parte, la raza compuesta por siervos de “corazones de cera”, incapaces de hacer frente a las seducciones de la lisonja, tenderán siempre a cometer actos injustos, ya que a eso conlleva su naturaleza intemperante, y si realizan actos de bondad no será más que de forma accidental. Y este “tipo de hombre”, que para Platón (en “la República”) constituía la raza de bronce, la clase apetitiva, resulta, a todas luces, incapaz de gobernarse a sí mismo, y por ende, no apto para una vida democrática. Y teniendo a este tipo de hombre como elemento mayoritario, la conclusión obvia para toda razón no enceguecida, es que la democracia no es más que una ficción indeseable.

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(La compra de una esclava – Gerome)

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