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Quizás una de las obras filosóficas más bellas y poéticas, tanto por la estructura como por el contenido, ha de ser, sin dudas, “el Banquete” de Platón. Esa obra se diferencia de las otras del filósofo debido a que no presenta el tradicional diálogo, en el que se da el acostumbrado ejercicio dialéctico teniendo a Sócrates como interlocutor principal. Aquí se dan discursos en honor a Eros, la divinidad del amor, discursos que nos cautivan por su embeleso y por las sublimes verdades que brotan de los labios de los distintos interlocutores. Por ahora, nos centraremos en el último discurso, pronunciado por Sócrates, en donde, en vez de dar su punto de vista sobre Eros, relata una conversación que había tenido con una sabia iniciada en los misterios del amor, Diotima de Mantinea.

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(Eros y Psique, de Gerard)

En esta conversación, Diotima revela a Sócrates, a través de la belleza poética del mito, una visión muy peculiar del amor, quizás la opinión definitiva de Platón sobre este asunto.

Argumentaba la sabia que el amor no era algo bueno, sin embargo, esto no debía llevar a creer que sería  algo malo. Decía que existe un término medio entre los opuestos, poniendo como ejemplo, que lo que no es sabiduría no necesariamente ha de ser ignorancia (la “opinión” o doxa se encuentra en el medio), que lo que no es bello necesariamente ha de ser feo. Y así como existen términos medios entre los opuestos, también los hay con respecto a los dioses y los hombres: Los daimones (“demonios” en sentido griego, no cristiano). Según Diotima, Eros era precisamente esto, un Daimon, y como tal, representaba un nexo entre los seres mortales que sufren, y los inmortales que habitan los cielos. No podía ser un dios, ya que el amor (Eros) “desea” las cosas bellas y buenas, y como el deseo es una señal de privación, Eros no puede ser un dios, ya que al desear, significa que está privado de lo bello y lo bueno, características éstas de los dioses. No entraremos a tallar mucho en el relato de los orígenes de Eros, por centrarnos más en las ideas sobre el amor.

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(El nacimiento de Venus, de Ingres)

El amor, como tal, busca lo bueno en sí mismo junto con la belleza, se caracteriza además por querer poseer siempre lo bueno. Esta persecución activa de lo bueno toma el nombre de “amor” cuando se convierte en producción de la belleza, a través de un proceso de fecundación que se da tanto en el cuerpo como en el alma.

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(Carta de amor, de Fragonard)

Todos los seres son capaces de fecundar, ya sea a través del cuerpo o del alma. La fecundación del cuerpo se da con la reproducción. “Voy a hablar con más claridad. Todos los hombres, Sócrates, son capaces de engendrar mediante el cuerpo y mediante el alma, y cuando han llegado a cierta edad, su naturaleza exige el producir. En la fealdad no pueden producir, y sí solo en la belleza, la unión del hombre y de la mujer es una producción, y esta producción es una obra divina, fecundación y generación a que el ser mortal debe su inmortalidad”. A continuación brota lo más puro del discurso de Diotima, y también un destello de la teoría gnoseológica que ve al conocimiento como recuerdo de una vida anterior:

“Es la naturaleza mortal la que aspira a perpetuarse, y hacerse inmortal en cuanto es posible; Y su único medio es el nacimiento que sustituye un individuo viejo con un individuo joven. En efecto, bien que se diga de un individuo, desde su nacimiento hasta su muerte, que vive y que es siempre el mismo, sin embargo, en realidad, no está nunca ni en el mismo estado ni en el mismo desenvolvimiento, sino que todo muere y renace sin cesar en él, sus cabellos, sus carnes, sus huesos, su sangre, en una palabra, todo su cuerpo; Y no solo su cuerpo, sino también su alma, sus hábitos, sus costumbres, sus opiniones, sus deseos, sus placeres, sus penas, sus temores; Todas sus afecciones no subsisten siempre las mismas, sino que nacen y mueren continuamente. Pero lo más sorprendente es que no solamente nuestros conocimientos nacen y mueren en nosotros de la misma manera (porque en este concepto también mudamos sin cesar), sino que cada uno de ellos en particular pasa por las mismas vicisitudes. En efecto, lo que se llama reflexionar se refiere a un conocimiento que se borra, porque el olvido es la extinción de un conocimiento; Porque la reflexión, formando un nuevo recuerdo en lugar del que se marcha, conserva en nosotros este conocimiento, si bien creemos que es el mismo. Así se conservan todos los seres mortales; No subsisten absolutamente y siempre los mismos, como sucede a lo que es divino, sino que el que marcha y envejece deja en su lugar un individuo joven semejante a lo que él mismo había sido. He aquí, Sócrates, cómo todo lo que es mortal participa de la inmortalidad”.

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(Venus y Cupido, de Rubens)

Nos queda claro aquí que el amor, según Diotima, es el nexo que une a la mortalidad con la inmortalidad. La única forma que tiene la especie humana y los animales de perpetuarse, es a través de la reproducción. Pero con respecto a los humanos, existe otro tipo de fecundación que va más allá de lo corporal, la fecundación del alma.

Los que son fecundos con relación al alma buscan producir (fecundar) sabiduría y demás virtudes, principalmente, la Prudencia y la Justicia, que preside el gobierno de los Estados.  Y la recompensa a este Amor espiritual, fecundo tanto en las artes como en el gobierno de los hombres, es esa especie de inmortalidad del recuerdo, que nunca muere al pasar los siglos.

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(El aseo de Venus, de Rubens)

Y como culminación a esta hermosa visión de la belleza, Diotima termina su alocución con las más grandes muestras que puede dar cuando la filosofía y la poesía van de la mano:

“¡Oh, mi querido Sócrates! Si por algo tiene mérito esta vida es por la contemplación de la belleza absoluta, y si tu llegas un día a conseguirlo, ¿Qué te parecerán, cotejado con ella, el oro y los adornos, los niños hermosos y los jóvenes bellos, cuya vista al presente te turba y te encanta hasta el punto que tú y muchos otros, por ver sin cesar a los que amáis, por estar sin cesar con ellos, si esto fuese posible, os privaríais con gusto de comer y de beber, y pasaríais la vida tratándolos y contemplándolos de continuo? ¿Qué pensaremos de un mortal a quien fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, ni revestida de carne ni de colores humanos, ni de las demás vanidades perecibles, sino siendo la belleza misma? ¿Crees que sería una suerte desgraciada tener sus miradas fijas en ella y gozar de la contemplación y la amistad de semejante objeto? ¿No crees por el contrario, que este hombre, siendo el único que en este mundo percibe lo bello, mediante el órgano propio para percibirlo, podrá crear, no imágenes de virtud, puesto que no se une a imágenes, sino virtudes verdaderas, pues que es la verdad a la que se consagra? Ahora bien, solo al que produce y alimenta la verdadera virtud corresponde el ser amado por el dios; Y si algún hombre debe ser inmortal, es seguramente éste”.

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