¿Es concebible aún que este hombre,

Elija este despreciado y osado camino,

De elevar su mirada a la cumbre

En búsqueda del Estro divino?

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(arroyo en bosque de abedules, de Shishkin)

¿Ya no es posible acaso, cantar la Virtud,

La infinita Gloria y la Dicha angelicales?

¿O solo quepa cantar a la Finitud

Con la elegía de los funerales?

Ora los poetas, con la cabeza baja,

Decepcionados, componen siniestros versos,

Con cínica y fatalista moraleja,

Ya que en la podredumbre se encuentran inmersos.

¿O seré yo un Sísifo renuente

A aceptar que vivimos en un Averno,

En el que solo levanto indignamente,

La nefasta Piedra por las cumbres del Infierno?

Ya no me importa si me dicen demente,

Por ver tulipanes y arroyos cristalinos,

En donde sólo hay un fuego candente,

Y terroríficos cielos vespertinos.

Es en Holderlin en quien pienso y evoco,

El que osó levantar al éter su mirada,

Ya que lo mundano le importaba poco,

Porque no era ese su fecunda morada

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(Cabaña en el bosque, de Shishkin)

También pienso en ese hombre de dinamita,

Rimbaud, poeta volcánico que decía ver,

En vez de una fábrica, una mezquita,

Y un sainete espantoso sobre su ser.

¡Aleja de mí, oh Diosa, la Cordura!

Para ver “calesas por las rutas del cielo”

¡Asienta en su trono a la temida Locura!

Descorriendo para siempre el pesado velo.

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(El nacimiento de la Vía Láctea, de Rubens)

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